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Full text of "San Francisco, Cervantes y Valencia; discurso leído en el acto literario-musical dedicado por la V.O.T. Franciscana a su hermano Miguel de Cervantes Saavedra el día 24 de noviembre de 1916"

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Sen  Francisco,   ..i-ovantes  y 
Valencia . 


San  Francisco,  Cervantes  y  Valencia 


DISCURSO 


LEÍDO  EN  EL  ACTO   LITERARIO-MUSICAL 

DEDICADO  POR  LA 

V.  0.  T.  FRANCISCANA 

A   SU    HERMANO 

MIGUEL  DE  CERVANTES  SAAVEDRA 

EL  DÍA  24  DE  NOVIEMBRE  DE  1916 

POR 

Francisco  Martínez  y  Martínez 

Correspondiente  db  la  R,  A.  db  Buenas  Letras  de  Barcelona 


VALENCIA  MCMXIX 


SAN  FRANCISCO,  CERVANTES  Y  VALENCIA 


Publicado  por  vez  primera  en  el  libro  relación  de  las  «Fiestas  Cer- 
vantinas Terciario-Franciscanas  que  celebra  la  V.  O.  T.  de  Valencia, 
en  conmemoración  del  Tercer  Centenario  de  la  muerte  del  que  fué 
uno  de  sus  más  insignes  y  gloriosos  Hermanos,  Miguel  de  Cervantes 
Saavedra.  Valencia,  Noviembre  1916.  Valencia,  Escuela  Tip.  Sale- 
siana,  1918.» 


RETRATO  DE  CERVANTES  (?) 

DE    L*    COLECCIÓN    CERVANTINA    DE    FRANCISCO    MaRTINEZ    Y    MaRTINEZ 


Digitized  by  the  Internet  Archive 

in  2011  with  funding  from 

University  of  Toronto 


http://www.archive.org/details/sanfranciscocervOOmart 


CtiTsanil-e^   Saavedra^  /Y\iaoe.l   a 


San  Francisco,  Cervantes  y  Valencia 


DISCURSO 


LEÍDO  EN   EL  ACTO  LITERARIO-MUSICAL 

DEDICADO  POR  LA 

V.  0.  T.  FRANCISCANA 

A   SU    HERMANO 

MIGUEL  DE  CERVANTES  SAAVEDRA 

EL  DÍA  24  DE  NOVIEMBRE  DE  1916 

POR 

Francisco  Martínez  y  Martínez 

Correspondiente  de  lk  R.  A.  de  Buenas  Letras  de  Barcelona 


VALENCIA  MCMXIX 


•í\ 


•V 


^3 


Tirada  especial  de  107  ejemplares  numerados  ^  nominados 


EJEMPLAR  NUMERO  27 
DEDICADO  AL 

Sr.  D.  Eduardo  de  Oliver  Copons 


A  D,  José  Rodrigo  y  Pertegás,  verdadero  culpable  del 
mal  rato  que  pasé  en  la  velada  que  la  Venerable  Orden 
Tercera  de  San  Francisco,  de  Valencia,  dedicó  al  Príncipe 
de  los  Ingenios  castellanos  Miguel  de  Cervantes  Saave- 
dra,  entusiasta  admirador  de  nuestra  patria  valenciana, 
en  castigo  de  haber  puesto  en  cantar  mi  nombre  ante  los 
Rvdos.  PP.  Franciscos  y  ayudado  a  éstos  a  comprome- 
terme, le  dedica  esta  impresión  suelta  del  discurso  su 
amigo  y  devoto 

Fran.'=°  Martínez  y  Martínez. 


Señoras  y  Señores: 


j/^i^^^íj ORTESÍ A  y  obediencia  me  obligaron  a  aceptar  el 
{  [^^^^  encargo,  que  haciéndome  mayor  honra  de  la 
R^^^^^  que  merezco,  me  colocan  en  estos  momentos  en 
el  trance  de  ser  el  objetivo  de  vuestra  atención  y  por  lo  tan- 
to también  el  punto  donde  convergen  vuestras  miradas,  y 
en  verdad,  que  mis  reverendos  Padres  Franciscos  no  fueran 
obedecidos  si  ha  pocos  días,  por  un  momento,  no  echase 
en  olvido  la  importancia  del  acto,  al  que  dan  más  gran- 
diosidad los  doctos  que  lo  integran  y  más  ornato  las  da- 
mas que  con  sus  naturales  gracias  lo  hermosean.  A  éstas 
principalmente  me  encomiendo,  para  que  si  tengo  la  des- 
gracia de  desplacerlas,  no  velen  su  hermosa  faz  con  mohín 
de  disgusto,  que  ello  sería  para  mí  desgracia  inmensa,  de 
la  que  no  me  compensaría  ni  el  objeto  de  la  función  de- 
dicada a  enaltecer  la  memoria  de  Miguel  de  Cervantes 
Saavedra  en  el  aniversario  de  su  insignificante  muerte,  y 
así  la  llamo  por  más  que  la  soledad  que  rodeó  a  aquel 
cuerpo,  según  demuestra  el  silencio  de  los  escritores  de  la 
época,  dan  ocasión  a  otros  adjetivos  que,  aun  ocurriendo 


aquélla  en  medio  del  boato  y  esplendor  de  extraordina- 
rias exequias,  siempre  son  aplicables  por  lo  que  los  he 
suprimido. 

De  entre  los  escritores,  mis  grandes  entusiasmos  son 
para  el  Manco  de  Lepanto,  de  tal  modo,  que  si  Dios  me 
hubiese  privilegiado  con  talento  extraordinario  lo  hubie- 
se aplicado  al  estudio  de  sus  obras,  una  maravillosa, 
otras  buenisimas,  todas  notables,  para  haberme  podido 
apellidar  con  razón  cervantista,  titulo  para  mí  el  más  glo- 
rioso, Y  ved  aqui  por  qué  no  tuve  presente  el  actual  mo- 
mento de  verdadero  apuro;  sólo  pensé  en  el  objetivo  de 
la  fiesta,  quién  la  daba,  y  en  dónde  estamos;  no  vi  más 
que  en  Valencia  la  Venerable  Orden  Tercera  iba  a  feste- 
jar a  Cervantes  y  acepté  el  encargo,  con  el  propósito  de 
tratar  de  San  Francisco,  Cervantes  y  Valencia,  mi  Santo  pre- 
dilecto, de  los  primeros  entre  los  que  la  Iglesia  ha  ele- 
vado a  los  Altares;  mi  escritor  favorito,  al  que  el  mundo 
de  las  letras  ha  colocado  como  el  más  alto  luminar  en  el 
firmamento  literario;  de  la  ciudad  capital  de  mi  patria  va- 
lenciana, la  primera  en  la  historia  por  sus  leyes  democrá- 
ticas. En  suma,  tres  de  mis  grandes  entusiasmos. 


* 
*  » 


En  las  postrimerías  de  la  docena  centuria,  los  habita- 
dores de  la  ciudad  libre,  la  del  municipio  soberano,  la 
que  se  agarra  al  alto  monte  que  la  sustenta  para  no  pre- 
cipitarse por  la  rápida  ladera  y  que  fuertes  muros  defien- 
den de  las  asechanzas  de  los  comarcanos,   la  industrial 


Asís,  notan  fenómenos  extraordinarios  en  la  naturaleza, 
registran  hechos  no  comunes,  y  comentan  la  coinciden- 
cia de  aquéllos  y  éstos  con  el  nacimiento  del  primer  hijo 
del  acaudalado  comerciante  Pedro  Morico,  conocido  por 
Bernardone  y  de  su  esposa,  madona  Pica  de  Boullemont,  na- 
cida en  la  riente  Provenza,  región  hermana  nuestra  por 
su  lengua  llamada  de  OC. 

Discurren  los  años  y  Francisco,  que  asi  llamaban  a 
aquel  niño  por  haberle  cambiado  el  nombre,  según  unos 
autores,  su  padre  amador  de  las  cosas  de  Francia,  el  pue- 
blo según  otros,  al  verle,  ya  mancebo,  tan  apuesto  y  tan 
galán,  dominando  la  lengua  de  su  madre,  la  de  los  trova- 
dores, la  que  al  entonces  resonaba  en  los  palacios  con  los 
cantos  de  gesta,  en  la  que  se  cantaba  el  amor  en  las  fies- 
tas de  la  Gaya  Ciencia,  y  que  a  no  dudar  emplearía  con 
sus  camaradas  en  las  diversiones  y  tal  vez  en  las  atrona- 
doras rondas  con  que  los  mancebos  de  Asís  obsequiaban 
a  sus  paisanos  a  las  órdenes  siempre  del  hijo  del  rico  Ber- 
nardone, que  por  ser  el  más  aventajado  en  todo,  había 
sido  nombrado  el  Jefe  de  aquella  bulliciosa  juventud;  y 
es  que  el  hombre  que  ha  nacido  para  ser  verdaderamente 
grande  no  tiene  acción  pequeña,  siquier  ésta  no  sea  de 
alabar. 

Una  prisión  primero,  y  posteriormente  grave  enfer- 
medad, producen  honda  crisis  en  aquel  galán,  que  con 
sus  bizarrías  y  explosiones  de  alegría  había  atraído  hacia 
él  las  miradas  de  toda  la  ciudad,  y  operan  una  transfor- 
mación en  sus  entusiasmos,  que  ahora  le  llevan  a  abra- 
zarse con  la  Caridad,  después  de  haber  abandonado  las 
alegres  compañías,  despojado  ya  de  las  preseas  que  real- 


lO 


zando  su  natural  apostura  habíanle  hecho  el  principal 
ornato  de  la  antigua  Assisio,  cuyos  habitadores,  extra- 
ñando primero  la  mudanza,  llegan  a  escarnecer  despia- 
dada y  cruelmente  al  que  a  la  sazón  no  comprendían,  no 
pudiéndose  percatar  de  que  la  esposa  que  aventajaba  a  las 
damas  de  alcurnia  real,  que  algún  tiempo  a  sus  camara- 
das  manifestó  había  de  ser  la  suya,  fuese  la  pobreza. 

Admira  que  en  tan  breve  tiempo,  pues  cuatro  lustros 
mal  contados  son  nada  para  labor  tan  intensa,  llevase  a 
cabo  la  gigantesca  obra  que  todos  mejor  que  yo  conocéis; 
es  pasmoso  ver  al  que  se  firníaba  Francisco  el  Pequeño,  a 
poco  de  allegar  sus  doce  discípulos  y  fundar  su  orden,  al 
reunir  un  capítulo  en  su  ciudad  natal,  tener  que  acampar 
los  frailes  en  pleno  campo  por  no  haber  edificio  capaz 
para  contener  el  número  de  los  adeptos  que  acudieron 
ávidos  de  ver  a  su  Padre,  después  que  éste  no  había  te- 
mido el  presentarse  ante  el  Soldán  y  exhortarle  a  aban- 
donar su  religión  para  que  siguiera  la  de  Cristo  que  era 
la  verdadera. 

En  la  trecena  centuria,  siglo  de  grandes  hombres  y 
mayores  sucesos,  en  el  que  tuvieron  lugar  hechos  por- 
tentosos, como  fueron  la  creación  de  nuevos  reinos,  res- 
catados de  los  mahometanos  a  bote  de  lanza,  tajo  de 
espada  y  golpe  de  maza,  por  reyes  que  se  llamaron  en  Cas- 
lilla,  Alfonso  el  de  las  Navas  y  Fernando  el  Santo,  y  Jaime 
el  Conquistador  en  Aragón,  el  Monarca  Español  (si  nos 
permiten  llamarle  así  algunos  fabricantes  de  la  Historia 
de  España)  más  grande  que  los  Anales  registran;  en  el 
que  en  la  isla  de  Sicilia  tuvo  lugar  la  hecatombe  llamada 
vísperas  sicilianas,  justa  venganza  de  un  pueblo  contra  los 


II 


asesinos  de  sus  reyes  y  los  opresores  de  su  Nación,  cuyo 
resultado  fué  elevar  a  aquel  trono  a  Pedro  I  de  Valen- 
cia y  III  de  Aragón,  el  cual,  llevando  su  enseña  victoriosa 
al  África,  asentado  en  Sicilia,  teniendo  a  raya  al  francés 
en  Ñapóles,  aniquilando  en  Panizar  al  ejército  de  su  des- 
leal cuñado  el  rey  de  Francia,  y  poniendo  sus  naves  a  las 
órdenes  de  Roger  de  Lauria,  convirtió  el  Mediterráneo  en 
un  lago  para  recreo  de  las  distintas  naciones  que  compo- 
nían la  grande  y  más  gloriosa  Monarquía  Aragonesa,  en 
espejo  en  donde  sólo  las  cuatro  barras  de  sangre  podían 
reflejarse,  sin  ostentar  las  que,  a  la  luz  del  sol  no  podían 
las  galeras  y  fustas  surcarle;  en  el  que  las  Naciones  atóni- 
tas vieron  a  un  Roger  de  Flor  pasear  con  gloria  por  el 
Imperio  de  Oriente  la  enseña  aragonesa,  después  de  ha- 
ber quemado  las  naves  transportadoras  de  los  catalanes, 
aragoneses  y  valencianos  que  acaudillaba;  en  el  que  en 
Italia  los  güelfos  y  gilbelinos  no  se  daban  reposo  en  sus 
luchas;  y  en  el  que  aún  las  dos  grandes  potestades,  el 
Papado  y  el  Imperio  seguían  en  porfiada  lucha,  a  la  que 
eran  arrastradas  las  ciudades  autónomas,  o  mejor,  sobe- 
ranas, y  los  señores  feudales  ora  siguiendo  este  bando, 
bien  al  otro;  en  el  que  la  figura  de  Dante  se  agigantaba 
con  su  Divina  Comedia,  poema  que  tramontando  los  Al- 
pes y  surcando  el  que  a  la  sazón  sin  hipérbole  y  con  jus- 
ticia podíamos  llamar  mare  nostrum,  sirvió  de  pauta  por 
largos  años  a  muchas  producciones  de  numerosos  poetas 
aún  ya  en  pleno  renacimiento,  pues  con  ello  daban  gusto 
a  los  muchos  aficionados  a  las  trovas  a  lo  divino;  en  el 
que  en  Francia  los  Albigenses  habían  conmovido  la  so- 
ciedad convirtiendo  la  lucha  religiosa  en  política  y  bus- 


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cando  la  imposición  de  su  doctrina  a  estilo  de  los  secua- 
ces de  Mahoma  en  los  campos  de  batalla,  en  una  de  las 
que  perdió  la  vida  Pedro  11  de  Aragón;  en  el  que  se  vio  a 
un  santo  rey  francés  llevar  a  sus  cruzados  a  la  conquista 
del  sepulcro  de  Cristo,  y  realizar,  no  sólo  proezas  con  la 
espada,  si  que  también  como  humilde  siervo  de  Dios;  en 
el  que,  finalmente,  el  noble  castellano  Domingo  de  Guz- 
mán,  iniciaba  las  predicaciones  contra  los  herejes  y  llevaba 
a  cabo  la  institución  de  su  orden,  encargada  en  lo  suce- 
sivo de  velar  por  la  pureza  de  la  doctrina. 

Pues  bien,  de  entre  estos  hombres,  sobre  aquellos 
acaecimientos,  descuella  Francisco  de  Asis  con  su  figura 
escuálida  por  la  mortificación,  con  su  rostro  consumido 
por  el  fuego  interno  del  amor  a  Dios  y  al  desvalido, 
haciéndole  aparecer  como  la  encarnación  de  la  arquitec- 
tura gótica  que  empezaba  a  enseñorearse  del  gusto  de  la 
época  y  cuyas  delicadas  y  esbeltas  columnillas,  eleván- 
dose hacia  el  firmamento,  parece  que  quieran  señalar  al 
hombre  su  destino  en  la  otra  vida,  el  cielo,  y  la  institu- 
ción franciscana  que  ha  extendido  por  todo  el  mundo  sus 
tres,  aunque  humildes  frondosas  ramas,  cuya  Tercera 
Orden,  como  todos  sabéis,  ha  hermanado  a  papas,  reyes, 
magnates  y  sabios  con  modestos  menestrales,  con  pobres 
ignorantes,  unión  que,  a  pesar  de  ser  predicada  por  Jesús 
apenas  se  habla  practicado  hasta  que  el  imitador  del 
Hombre-Dios  la  hizo  resurgir  con  su  Tercera  Orden,  a  la 
que,  como  es  sabido,  perteneció  el  que  hoy  tratamos  de 
homenajear  conmemorando  el  tercer  centenario  de  su 
muerte. 

Los  años  fueron  quedándose  atrás,  pasaron  los  siglos, 


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y  llegó  el  famoso  diez  y  seis  de  grandeza  para  España 
cual  ninguno,  en  lo  político,  como  se  traduce  por  la  frase 
que  dice:  el  sol  no  se  ponía  en  sus  tierras;  en  lo  literario, 
llamándole  siglo  de  oro.  Las  armas  y  las  letras  rivalizaron 
en  esplendor  y  no  pocos  fueron  famosos  por  su  destreza 
y  arrojo  en  aquéllas  y  por  la  inspiración  en  éstas,  y  asi 
como  los  soberanos,  lo  fueron  por  su  nacimiento,  por 
más  que  por  los  grandes  hechos  que  llevaron  a  cabo  lo 
mereciesen,  al  contrario,  los  escritores  sólo  por  su  es- 
fuerzo alcanzaron  la  corona  de  laurel  unos,  alT^ándose  otro 
con  la  monarquía  cómica  como  el  gran  Lope  de  Vega  (que 
también  fué  terciario)  y  adjudicándole  el  principado  de 
los  ingenios  a  Miguel  de  Cervantes  Saavedra,  hijo  del  trova- 
dor de  Asís,  el  que  supo  juntar  la  penitencia  con  la  mú- 
sica, la  mortificación  con  la  poesía,  el  que  cantaba  no 
sólo  a  Dios  si  que  también  a  sus  cosas,  como  lo  demues- 
tra el  Canto  al  Sol,  compuesto  por  él  y  por  él  cantado  a 
diario  acompañándose  de  una  cítara. 

Al  siglo  XIII  se  le  debía  de  llamar  el  de  San  Francisco; 
al  XVI  se  le  llamaría  el  de  Cervantes  si  su  obra  capital 
no  se  hubiese  impreso  cinco  años  entrados  en  el  deca- 
dente XVII;  con  ser  aquel  tan  pródigo  en  hombres  extra- 
ordinarios, en  hechos  gloriosos,  y  en  famosas  produccio- 
nes, que  de  extrañar  es  que  a  medida  que  se  avanza  en  la 
décima  séptima  centuria  se  muestre  la  decadencia,  si 
después  del  esfuerzo  titánico  del  anterior  debía  quedar 
la  naturaleza  extenuada;  a  las  grandes  conmociones  sigue 
el  enervamiento,  así  que,  mejor  que  criticar  a  este  último, 
compadezcámosle  y  entonemos  laudos  ya  que  supo  cobi- 
jar y  aplaudir  a  los  genios  de  la  última  generación  del 


14 

anterior,  entre  los  que  había  varios  astros  de  primera 
magnitud,  cuyo  brillo  no  se  obscurecía  ante  el  sol  de 
nuestro  firmamento  literario,  el  autor  del  incomparable 
Ingenioso  Hidalgo  Don  Quijote  de  la  Mancha,  que  por 
dos  veces  en  Madrid,  el  año  cinco,  salió  de  la  oficina  de 
Juan  de  la  Cuesta  para  recorrer  Castilla  y  otras  dos  hizo 
gemir  en  esta  ciudad  de  Valencia  las  prensas  de  Pedro 
Patricio  Mey  para  solazar  a  los  ciudadanos  de  las  naciones 
que  aún  componían  la  Corona  aragonesa.  Si  bien  Cervan- 
tes es  hombre  del  siglo  XVI,  su  producción  literaria 
corresponde  a  la  décima  séptima  centuria,  pues  salvando 
«La  Calatea»  y  algunas  comedias,  amén  de  unas  poesías, 
en  éste  dio  a  la  estampa  sus  obras,  el  manco  sano  y  fa- 
moso todo,  que  como  su  maestro  el  Santo  Patriarca, 
gozó  de  buen  humor,  padeció  cárcel,  grave  enfermedad, 
burlas  y  escarnio,  vivió  abrazado  a  la  pobreza  y  murió 
resignado  casi  de  la  misma  enfermedad,  llevando  su  cor- 
dón en  la  cintura. 

De  entre  la  multitud  de  grandezas  de  su  época,  como 
el  otro  en  la  suya,  se  destaca  nuestro  escritor,  que  al 
correr  de  los  tiempos  se  ha  hecho  admirar  más,  colocándole 
con  justicia  la  actual  sociedad  en  el  pináculo  de  la  gloria, 
de  la  que  alguna  parte  le  cabe  a  la  Orden  Tercera  por  ser 
su  hijo  y  como  a  tal,  haberle  dado  sepultura,  según  la 
costumbre,  triste  acto  que  no  se  debió  de  ver  muy  con- 
currido, ya  que  no  es  la  pobreza  lo  que  más  atrae  a  las 
gantes  y  los  dos  grandes  protectores,  su  Ilustrísima  el  de 
Toledo  y  el  de  Lemos,  se  encontraban  lejos,  a  más  que 
de  entre  los  escritores  unos  porque  si  los  preterió,  otros 
por  envidia,  no  era  lo  bien  quisto  que  fuese  de  desear 


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para  honra  de  aquéllos,  a  más  que,  según  algunos  mo- 
dernísimos escritores,  referiéndose  a  Sevilla  aseguran,  no 
se  le  hacia  por  las  gentes  de  pro  gran  caso,  debido  a  los 
ruines  cargos  que  ocupó.  Tuvo,  pues,  mejor  pupila  que 
los  andaluces  Hazan,  que  le  tenía  en  mucho,  pues  aparte 
de  no  haberle  castigado,  como  era  su  costumbre,  en  las 
distintas  intentonas  de  evasión,  pidió  rescate  mucho  más 
crecido  que  de  ordinario,  y  no  se  diga  que  el  Rey  de  Argel 
estaba  fascinado  por  el  apellido  hidalgo,  pues  el  mismo 
usaba  su  hermano  Rodrigo  y  el  precio  de  su  rescate  fué 
mucho  menor,  circunstancia  que  valió  a  éste  el  ser  liber- 
tado bastante  más  pronto. 

No  pasaremos  adelante  sin  hacer  observar  otra  conco- 
mitancia entre  el  santo  de  Asís  y  el  escritor  alcalaino: 
aquél,  contra  el  parecer  de  todos,  se  arriesga  a  presentarse 
ante  el  sultán,  lo  que  consigue  no  con  poco  trabajo;  llega- 
do a  la  presencia  de  Malek-Kamel,  le  exhorta  a  que  aban- 
done su  ley  para  seguir  la  de  Cristo,  la  que  trata  de  expli- 
car intentando  convencerle  de  la  falsedad  de  la  suya,  a  lo 
que  el  soberano  de  Egipto,  en  vez  de  hacerlo  matar,  según 
costumbres  y  órdenes,  le  recomienda  ruegue  a  Dios  por  él 
para  que  le  ilumine.  A  su  vez,  el  tal  de  Saavedra  proyecta 
una  fuga  que  su  amor  al  prójimo  hace  que  no  sea  él  solo  el 
que  disfrute  del  inefable  beneficio  de  la  libertad,  y  reúne  en 
una  gruta  existente  en  cierto  jardín  de  las  afueras  de  la  ciu- 
dad de  Argel  y  en  las  proximidades  del  mar,  a  otros  cauti- 
vos, hasta  quince,  muchos  de  ellos  gente  principal;  pero 
descubierto  el  bajel,  que  desde  las  costas  de  Valencia  había 
venido  a  recogerlos,  y  hechos  cautivos  los  tripulantes,  que 
desembarcaron,  el  renegado  que  prestaba  su  auxilio  para  el 


i6 

mejor  éxito  de  la  empresa,  denuncia  y  descubre  el  escon- 
drijo al  rey,  el  que  les  hace  prender,  pero  contra  lo  que 
todos  temían,  aquel  homicida  de  todo  el  género  humano,  se- 
gún expresión  del  mismo  Cervantes,  ni  le  empaló  ni  le 
hizo  azotar,  a  despique  de  haberse  hecho  el  único  respon- 
sable de  la  fracasada  aventura;  en  otra  tentativa  de  evasión 
con  tres  caballeros,  sus  camaradas,  por  vía  de  Oran,  des- 
cubierto el  moro  mensajero  portador  de  las  cartas,  fué 
empalado  y  nuestro  escritor  sentenciado  a  dos  mil  azotes, 
que  no  le  fueron  dados;  finalmente,  denunciado  por  el  pér- 
fido clérigo  Dr.  Blanco  de  Paz,  la  bien  combinada  expedi- 
ción que,  gracias  a  los  comerciantes  valencianos  residentes 
en  la  ciudad  africana  llamados  Onofre  Exarch  y  Baltasar 
de  Torres,  que  aprontaron  cerca  de  mil  quinientas  doblas 
para  que  el  renegado  Girón  comprase  un  bajel  de  doce 
bancos  en  el  que  debían  escapar  cincuenta  cautivos  con 
Cervantes,  que  había  sido  inventor  y  director,  nunca  éste, 
a  pesar  de  los  distintos  recursos  empleados  por  el  ladino 
rey,  culpó  a  nadie,  sosteniendo  siempre  con  igual  energía 
que  él  solo  había  sido  el  autor,  no  recibiendo  castigo  espe- 
cial alguno,  ya  que  el  encerrarle  en  la  cárcel  de  los  moros 
y  el  cargarle  de  cadenas,  no  tuvo  más  objeto  que  el  ase- 
gurarse su  dueño  de  nuevos  conatos  de  fuga;  es  muy  ex- 
traordinario que  al  repetirse  las  intentonas,  que  fueron 
cuatro,  no  sufriese  ejemplar  castigo,  siendo  así  que  tantos 
otros,  por  mucho  menos,  padecieron  torturas,  azotes  y 
liasta  la  muerte. 

Hemos  visto  aparecer  enlazadas  con  las  aventuras  del 
Rey  de  nuestros  escritores  a  las  playas  de  Valencia,  de  don- 
de partió  una  fragata  para  uno  de  los  planes  de  evasión, 


17 

por  más  que  hay  biógrafos  que  la  hacen  salir  de  las  de  Ma- 
llorca, sin  duda  por  ser  de  esta  isla  el  rédenlo  Viana,  cono- 
cedor de  las  costas  berberiscas  y  muy  perito  en  las  cosas 
del  mar  el  que  la  patronaba,  hay  que  aceptar  lo  primero, 
que  parece  lo  más  seguro,  ya  que  Rodrigo  de  Cervantes 
trajo  del  cautiverio  cartas  y  recomendaciones  para  perso- 
nas no  sólo  influyentes,  sino  de  posibles,  que  pudiesen 
organizar  la  expedición,  y  que  se  debe  creer  fuesen  de  esta 
tierra  en  donde  desembarcó  (i)  el  hermano  del  glorioso 
manco,  y,  por  lo  tanto,  valencianos  serian  los  que  andaron 
en  el  armamento  y  equipo  de  la  embarcación,  como  de 
estas  playas  los  marineros  que  la  tripulaban,  por  lo  menos 
el  mayor  número.  A  pesar  de  que  esto  no  sean  más  que  su- 
posiciones, tienen  racional  fundamento,  y,  por  tanto, 
mientras  no  se  pruebe  otra  cosa,  creeremos  que  los  prin- 
cipales cooperadores  de  aquél  fueron  de  esta  tierra,  que  le 
era  muy  bien  conocida,  por  no  ser  una  sola  las  veces  que 
en  ella  estuvo,  según  pretendemos  demostrar. 

Supone  Navarrete  y  con  él  la  mayoría  de  los  biógra- 
fos de  Cervantes,  que  éste  partió  para  Italia  acom.pañando 
al  Embajador  Pontificio  Monseñor  Julio  Aquaviva  y  Ara- 
gón, que  fué  despedido  por  Felipe  II  con  sequedad,  según 
se  desprende  de  la  cédula  de  paso  dada  en  AranjueT^  a  dos 
de  Diciembre  de  1^68,  en  la  que  se  marcaba  el  término  de  se- 
senta días  por  Aragón  y  Valencia  para  su  salida  de  España, 


(i)  En  la  relación  de  cautivos  rescatados  en  Argel  por  la  Orden  de  la  Mer- 
ced el  año  1577,  que  suman  ciento  y  seis  cristianos,  figura  Rodrigo  Cervantes,  de 
Alcalá  de  Henares,  que  con  los  demás  cristianos,  embarcó  en  el  puerto  de  Argel 
el  día  24  del  mes  de  agosto  y  desembarcaron  en  la  playa  de  Jávea  el  29  del  in- 
dicado mes  del  año  prefijado. — Documentos  Cervantinos,  publicados  por  D.  C.  Pé- 
rez Pastor.— T.  II,  pág.  41  a  46. 


i8 

lo  que,  teniendo  presente  el  dicho  de  nuestro  escritor  en 
la  dedicatoria  de  La  Calatea  a  Antonio  Colona,  de  que 
habla  sido  camarero,  estando  en  Roma,  del  Cardenal  Aqua- 
viva,  hacen  el  indicado  cálculo,  que  de  ser  aceptado,  hay 
que  creer,  como  dicen  los  escritores  que  estuvo  en  Valen- 
cia Cervantes,  pues  su  señor  el  representante  y  a  la  vez 
camarero  y  refrendario  de  Pío  V  no  osarla  salir  de  lo  dis- 
puesto por  el  Rey,  que  no  gustaba  quedasen  incumplidas 
sus  órdenes,  y  más  cuidado  tendría  de  no  alterar  el  itine- 
rario cuando  según  se  asegura  agradó  poco  a  éste  la  em- 
bajada del  que  regresado  a  la  ciudad  del  Tiber  fué  creado 
cardenal  a  pesar  de  la  ineficacia  de  aquella  misión;  ahora 
bien,  hay  que  hacer  constar  en  favor  de  este  mo^o  muy 
virtuoso  y  de  muchas  letras,  según  carta  del  Embajador  en 
Roma  D.  Juan  de  Zúñiga  al  Rey,  que  no  fueron  más  afor- 
tunados los  dos  representantes  que  le  siguieron  para  tra- 
tar de  las  cuestiones  surgidas  en  Milán  entre  el  goberna- 
dor y  el  Cardenal  Arzobispo,  sostenido  éste  por  la  Corte 
de  Roma,  pues  Felipe  II,  a  la  par  que  ferviente  católico, 
era  muy  amante  de  las  Regalías  de  la  Corona.  Quieren 
los  biógrafos  que  antes  indicábamos,  que  este  viaje  en  que 
Cervantes  acompañaba  al  legado  del  Pontífice,  fuese  el 
que  años  después  hizo  recorrer  a  Persiles  y  Segismunda 
con  todo  el  acompañamiento  de  peregrinos,  cosa  que  no 
puede  ser,  pues  éstos  caminan  por  la  Mancha  y  aquél  tuvo 
que  hacerlo  por  Aragón. 

En  unos  artículos  titulados  Aclaraciones  a  la  vida  de 
Cervantes  publicados  en  la  Revista  de  Valencia  por  el  Cro- 
nista de  e^a  Ciudad  D.  José  M.*  Torres,  sostiene  que  el 
referido  viaje  fué  descrito  por  haberle  hecho  con  el  capi- 


19 

tan  Diego  de  Urbina  que  desde  Madrid  fué  a  Valencia,  en 
donde  en  mayo  de  1571  formó  su  compañía  en  la  que, 
como  es  muy  sabido,  se  alistaron  Miguel  y  Rodrigo  de 
Cervantes,  y  no  entraremos  en  disquisiciones  por  si  tiene 
razón  Navarrete  y  los  que  le  siguen  o  el  cronista  de  Va- 
lencia, el  que,  discurriendo  bien  y  aduciendo  muy  pode- 
rosas razones  en  favor  de  su  opinión,  especialmente  una 
información  de  testigos  hecha  por  Juan  Bautista  Villanueva, 
ante  el  Gobernador  de  Valencia  en  1^8^  acerca  de  sus  servicios 
en  la  batalla  de  Lepanto  y  en  otras  jornadas  existente  en  el 
Archivo  general  del  Reino  de  Valencia,  parece  que  incline 
el  ánimo  a  aceptar,  como  dicho  cronista  pretende,  dos 
viajes  a  esta  ciudad,  con  ocasión  de  acompañar  al  hijo  del 
duque  de  Atri,  y  habiendo  regresado  de  Roma,  alistado 
en  la  compañía  de  Urbina,  que  como  se  ha  dicho,  aquel 
Capitán  la  iba  a  formar  en  Valencia.  A  nuestros  propósi- 
tos, lo  que  más  interesa  es  lo  que  dice  el  poco  conocido 
documento,  en  el  que  se  da  fe  de  que  el  5  de  noviembre 
del  año  1583  ante  la  presencia  del  muy  Ilustrísimo  Portante 
Voces  general  Gobernador  en  la  ciudad  y  reino  de  Valencia  eo 
en  su  Corte  y  Audiencia  pareció  presente  el  magnífico  Joan 
Bautista  Vilanova  y  presentó  la  escritura  de  artículos  que  se 
siguen:  Quince  son  éstos,  pero  no  reproduciremos  más  que 
los  que  en  estos  momentos  nos  interesan,  especialmente 
el  i.°,  en  el  que  se  consigna:  «E  primeramente  dice  y  pone 
y  probare  jutendit  non  se  astringens  etc.,  que  este  dicho 
proponente  en  el  año  de  Mdlxxj,  siendo  de  edad  de  xxiiij 
a  XXV  anyos  se  aszentó  por  soldado  en  la  ciudad  de  Valen- 
cia en  la  companya  del  capitán  diego  durbina,  y  fué  con 
dicha  companya  la  cual  y  este  proponente  se  embarcaron 


20 


en  la  Villa  de  binaroz  del  dicho  reyno  de  Valencia  do- 
mingo de  la  Trinidad  del  dicho  anyo  en  la  Galera  Capi- 
tana del  Comendador  mayor  de  Castilla,  la  cual  con  la 
real  despanya  y  otras  diez  con  Gil  de  andrada  hauian  ve- 
nido a  dicho  pueblo  para  el  dicho  efecto  de  embarcar 
dicha  companya  con  otras  dos  de  las  que  eran  capitanes 
Rodrigo  mora  y...  durbina,  vizcaino  y  asi  es  verdad.»  Tam- 
bién son  interesantes  el  cuarto  en  el  que  se  consigna 
«...que  en  el  Golfo  de  Lepanto  se  hallaron  las  dichas  ar- 
madas es  a  saber  la  de  S.  M.  El  Rey  nuestro  señor  y  la 
de  los  venecianos  con  la  armada  del  gran  turco  a  donde 
envistieron  vnas  con  otras  donde  hubo  grande  batería  y 
grande  matanza  de  muchos  hombres  y  finalmente  fué  ven- 
cida la  dicha  armada  quedando  vencedor  su  magestad  con 
las  dichas  armadas  de  la  liga  y  ansí  es  verdad.»  El  quinto 
que  dice  «...que  este  dicho  proponente  se  halló  presente 
con  la  dicha  armada  y  en  el  dicho  rompimiento  yendo 
por  soldado  en  la  dicha  companya  y  en  la  galera  llamada 
Marquesa  de  Joan  andrés  Doria  y  en  la  esquadra,  de 
Augustin  barbárico  veneciano  general  de  dicha  esquadra, 
donde  peleó  siempre  como  buen  soldado  con  un  arcabuf 
estando  junto  a  la  proa  de  dicha  galera,  haciendo  su  oficio 
como  a  buen  soldado  y  peleando  como  era  razón,  mien- 
tras duró  toda  la  pelea,  hasta  que  fueron  vencidos  los  tur- 
cos y  ansi  es  verdad»,  y  sexta,  «...que  en  dicha  galera 
Marquesa  donde  peleó  este  dicho  proponente  mataron  los 
turcos  más  de  cuarenta  hombres  y  hubo  en  ella  muy 
grande  batería  y  murió  el  dicho  Augustin  barbárico  gene- 
ral de  dicha  escuadra  y  otros  muchísimos  soldados  y  este 
proponente  fué  herido  en  la  espalda  de  una  flecha...»;  la 


21 


undécima,  «...que  el  dicho  Diego  de  Urbina  era  capitán 
de  la  dicha  companya  de  la  cual  era  soldado  el  dicho  pro- 
poniente, y  dicha  companya  era  del  tercio  de  don  Miguel 
de  Moneada  y  siempre  sirvió  en  dicha  companya,  y  en 
todas  las  dichas  jornadas  hasta  que  reformaron  dicha 
companya...»,  y  finalmente,  la  quince  dice  «...que  en  todo 
el  dicho  tiempo  de  las  dichas  jornadas  y  alojamientos 
siempre  sirvió  el  dicho  proponiente  de  soldado  en  la  for- 
ma sobredicha,  y  fué  por  tiempo  de  tres  años  y  aún  más 
hasta  que  después  se  embarcó  en  las  galeras  de  Espanya 
en  la  galera  del  Sol  en  la  escuadra  de  D.  Alonso — ¿San- 
cho?— de  Leyva  y  vinieron  en  Espanya  sirviendo  de  sol- 
dado en  dicha  galera...»  Sobre  los  cuales  capítulos  depuso 
Melchior  vaciero,  vellutero  vecino  y  morador  de  la  ciudad  de 
Valencia  diciendo  con  respecto  a  la  primer  pregunta  que 
era  verdad  y  lo  sabia  porque  este  testigo  assentó  también  por 
soldado  en  esta  ciudad  de  Valencia  en  la  dicha  companya  de 
Diego  de  Urbina,  etc.,  afirmativamente  contesta  a  todas 
las  demás  preguntas  diciendo  que  le  consta  todo  por  haber 
estado  presente.  Otro  testigo  también  vellutero  y  vecino 
morador  de  Valencia,  llamado  Martin  Cubells,  dice  que  sí 
a  todas  las  preguntas  por  haber  presenciado  todos  los  he- 
chos a  que  se  refieren,  ya  que  este  testigo  se  assentó  por  soldado 
en  esta  ciudad  de  Valencia  en  dicha  companya  del  dicho  capi- 
tán diego  durbina;  el  tercer  testigo,  como  los  otros,  vecino 
y  morador  de  esta  ciudad,  Miguel  Joan  Guerola  Calcetero, 
al  contestar  la  primera  pregunta  dice  ser  cierta  porque  este 
testigo  se  assentó  también  por  soldado  en  dicha  companya  del 
dicho  capitán  diego  durbina  añadiendo  la  cual  companya 
SE  HIZO  EN  esta  CIUDAD  DE  Valencia;  sigue  Contestando 


afirmativamente  hasta  la  trece  en  que  manifiesta  que  en 
el  fuerte  de  Tetuán  se  quedó  y  fué  hecho  esclavo. 

Como  es  sabido  y  acabamos  de  ver,  en  el  tercio  de  don 
Miguel  de  Moneada  figuraba  la  compañía  de  Diego  de  Ur- 
bina,  reclutada  en  esta  ciudad,  y,  por  lo  tanto,  compues- 
ta de  valencianos;  y  como  quiera  que  los  hermanos  Cer- 
vantes estaban  afiliados  a  la  misma,  los  camaradas  que 
tuvieron  en  todo  momento,  lo  mismo  en  los  ratos  de 
bienandanza  por  las  ciudades  y  sus  hosterías,  que  en  los 
incómodos  del  alojamiento  en  las  galeras,  como  en  los 
tremendos  de  las  batallas,  especialmente  en  aquella  de  Le- 
panto,  de  la  que  con  orgullo  se  recordó  toda  su  vida  mos- 
trando las  cicatrices  de  las  heridas  recibidas  en  la  más  alta 
ocasión  que  vieron  los  siglos  pasados,  los  presentes  y  esperan  ver 
los  venideros,  y  muy  fácilmente  en  el  hospital  de  Mesina, 
en  donde  el  soldado  de  su  compañía  Juan  Bautista  Vila- 
nova,  herido,  como  dijimos,  de  una  flecha,  estando  en  la 
proa  de  la  «Marquesa»,  dice  en  la  octava  pregunta  del  re- 
ferido informe,  «que  después  del  dicho  vencimiento — el 
de  los  turcos — la  dicha  armada  de  S.  M.  fué  a  la  ciudad 
de  Mezina  a  donde  fué  curado  el  dicho  proponente»,  y 
piadosamente  pensando  es  de  creer  que  siendo  éste  y 
Cervantes  de  la  misma  compañía  o  estuviesen  juntos  o  se 
buscasen  para  acompañarse  durante  la  convalecencia. 

Antes  de  pasar  adelante,  precisa  hacer  constar  que  el 
Maestre  de  Campo  D.  Miguel  de  Moneada  no  era  catalán, 
como  algunos  han  afirmado,  sino  valenciano,  hijo  del 
señor  de  Villamarchante  D.  Guillen  Ramón  de  Moneada  y 
de  D.*  Constanza  Bou;  casado  aquél  en  segundas  nupcias 
con  D.*  Luisa  Bou,  tuvo  una  hija  llamada  D."  Catalina, 


2i 

que  casó  con  su  primo  D.  Gastón  de  Moneada,  Marqués 
de  Aitona. 

En  otro  momento  crítico  de  la  vida  de  Cervantes, 
lleva  compañía  de  valencianos,  pero  la  fatalidad,  que  en 
toda  aquélla  le  fué  acompañando,  le  hizo  más  desgraciado 
que  a  éstos.  En  el  extremo  decimoquinto  de  la  repetida 
información  de  Vilanova  confirmado  por  los  testigos 
Vaciero  y  Cubells,  dice  «que  después  se  embarcó  en  las 
galeras  de  Espanya,  en  la  galera  del  Sol,  en  la  escuadra 
de  don  Alonso  de  Leyva  y  vinieron  a  en  Espanya  sir- 
viendo de  soldado  en  dicha  galera»;  no  cabe  dudar  que 
la  tal  nave  fué  en  la  que  se  embarcaron  en  Ñapóles  los 
dos  hermanos  Cervantes  con  otros  principales  caballeros, 
la  que  atacada  por  la  escuadra  de  galeotas,  mandada  por 
Amante  Mamí,  después  de  pelear  bravamente  fueron 
hechos  esclavos  los  principales  pasajeros,  salvándose  sin 
duda  al  llegar  el  socorro  a  la  galera  Sol  los  marineros  y 
soldados  y  entre  ellos  los  indicados  valencianos,  que  al 
no  dar  esperanza  de  pingüe  rescate,  preocuparía  menos 
a  los  codiciosos  piratas,  y,  por  lo  tanto,  no  serían  trasla- 
dados a  las  galeotas  argelinas,  que  para  mejor  escapar  de 
los  barcos  españoles  que  llegaron  en  socorro,  abandona- 
rían a  la  mentada  galera,  y  he  ahí  solucionada  la  debatida 
cuestión  de  si  había  sido  la  Sol  llevada  a  Argel,  como 
pretenden  Navarrete  y  otros  biógrafos  de  nuestro  es- 
critor, fundándose  en  la  declaración  de  un  cautivo  lla- 
mado Hernando  de  la  Vega  maestre  daxa,  o  no  como  ase- 
guran otros  que  dicen  que  arribó  a  España,  como  hemos 
visto. 

Llegamos  al  punto  en  que  me  siento  verdaderamente 


24 

orgulloso  de  esta  tierra,  ya  que  en  el  largo  cautiverio  pa- 
decido por  el  principe  de   nuestros  ingenios,  entre  los 
principales  que  le  favorecieron,   los  más,   con  excepción 
del  Padre  Fray  Juan  Gil,  redentor,  fueron  valencianos,  y 
es  que  los  hombres  de  aquí  no  sólo  le  adivinaban,  sino 
que,  sin  duda,  fascinados  por  el  genio  emprendedor,  por 
sus  planes  atrevidos,  por  su  corazón  amante  del  prójimo, 
completamente  desprovisto  de  egoísmo,  según  demostró 
repetidas  veces  y  especialmente  en  la  última  intentona  de 
evasión,  la  que  descubierta  hizo  imposible  su  realización, 
a  pesar  de  lo  que  el  banquero  valenciano  Exarch  quiso 
redimirlo  para  evitarle  tormentos  y  quizás  la  muerte,  ne- 
gándose Cervantes  a  partir  solo  y  en  aquel  momento  de 
peligro,  cuando  él,  abrogándose  toda  la  responsabilidad 
de  la  conspiración,  llamémosla  asi,  salvarla  a  todos  los 
comprometidos,  conducta  que  llega  al  grado  de  heroica  y 
que  debió  hacer  que  creciese  la  admiración  y  afecto  que 
los  banqueros  valencianos  le   profesaban,  y  no  se  diga 
que  mis  entusiasmos  por  esta  patria  y  por  aquel  que  me- 
recía llamarse  su  hijo,  me  hacen  decir  las  palabras  que 
habéis  oído,  son  los  hechos  los  que   las  abonan,  como 
veremos  después  de  hacer  constar  que  de  entre  los  que 
perjudicaron  a  Cervantes  y  sus  planes,  de  entre  los  rene- 
gados que  intervienen,  de  entre  las  personas  repulsivas  o 
poco  agradables,  no  hay  ningún  valenciano. 

Desde  luego,  uno  con  los  que  debía  tener  trato  sería 
aquel  que  figuró  en  la  compañía  de  Urbina,  el  valenciano 
Martín  Cubells,  hecho  esclavo,  como  él  mismo  dijo,  en 
el  fuerte  de  Tetuán,  su  antiguo  camarada,  y  por  conducto 
de  éste  con  los  demás  valencianos  que  allí  había,  consta 


25 

de  manera  evidente,  pues,  en  la  información  practicada 
en  la  ciudad  de  Argel  ante  el  Padre  Gil  y  el  escribano 
Pedro  de  Ribera  (que  es  muy  posible  fuese  también  va- 
lenciano, ya  que  el  apellido  lo  es)  a  petición  de  Miguel 
de  Cervantes,  el  dia  17  de  octubre  de  1580,  ya  rescatado, 
en  la  pregunta  V  dice:  «...  dio  orden  como  un  hermano 
que  se  llama  Rodrigo  de  Cervantes,  que  deste  Argel  fué 
rescatado  en  el  mes  de  Agosto  del  mesmo  año  (1577)  de 
los  mesmos  dineros  dichos  del  dicho  Miguel  de  Cervan- 
tes de  su  rescate,  pusiese  en  orden  y  enviase  de  la  playa 
de  Valencia  y  de  Mallorca  y  de  Ibiza  una  fragata  armada 
para  llevar  en  España  los  dichos  cristianos,  y  para  mejor 
efectuar  esto  se  favoresció  del  favor  de  D.  Antonio  de 
Toledo  y  de  Francisco  de  Valencia  (natural  de  Zamora), 
Caballeros  del  Hábito  de  San  Juan,  que  entonces  estaban 
en  este  Argel  cautivos,  los  cuales  les  dieron  cartas  para  los 
visorreyes  de  Valencia  y  Mallorca  y  Ibiza,  encargándoles 
y  suplicándoles  favoreciesen  el  negocio»,  lo  que  confir- 
man los  varios  testigos.  Como  ya  dijimos  anteriormente, 
debió  salir  la  tal  galera  de  estas  playas  y  no  de  otras,  por 
haber  venido  Rodrigo  de  Cervantes  a  Valencia  y  no  a  las 
islas.  En  la  trece,  después  de  hablar  del  renegado  Girón, 
natural  de  Granada,  dice:  «...  y  para  esto  hizo  con  Onofre 
de  Exarque  mercadei  de  Valencia,  que  entonces  se  hallaba 
en  este  Argel,  diese  dineros,  como  dio  más  de  mil  e  tres- 
cientas doblas,  para  que  se  comprase  una  fragata  armada... 
lo  cual  ansi  se  hizo,  y  el  dicho  renegado  compró  la  dicha 
fragata  de  doce  bancos  y  la  puso  a  punto,  gobernándose 
en  todo  por  el  consejo  y  orden  del  dicho  Miguel  de  Cer- 
vantes»; también  los  testigos  confirman  este  aserto,  aña- 


26 

diendo  algunos  que  eran  de  los  que  habían  de  escapar  en 
esta  embarcación. 

Otra  persona  con  quien  tenia  gran  amistad  nuestro 
escritor  fué,  según  se  ve  en  el  documento  que  también 
nos  ocupa,  el  M.  R.  P.  Fray  George  Oliver,  comendador 
de  la  Merced  de  la  ciudad  de  Valencia,  que  corrió  gran 
peligro  de  ser  apresado  en  una  de  las  intentonas  de  fuga 
antes  relatadas. 

Como  cosa  muy  natural,  mientras  Cervantes  hacia 
titánicos  esfuerzos  para  salir  del  cautiverio,  su  familia  in- 
tentaba todo  lo  posible  para  conseguir  su  rescate;  pres- 
cindiendo de  muchos  de  los  trabajos  varios  que  hicieron, 
a  nosotros  nos  toca  fijarnos  en  un  documento  publicado 
por  el  presbítero  Pérez  Pastor  (i),  en  el  que  Rodrigo  de 
Cervantes,  su  esposa  D.^  Leonor  de  Cortinas  y  D.*  Mag- 
dalena Pimentel  de  Sotomayor,  su  hija,  el  día  nueve  de 
junio  de  1578  en  Madrid,  ante  el  Notario  Francisco  de 
Yepes,  se  comprometieron  a  entregar  a  Hernando  de  To- 
rres, mercader,  vecino  de  la  ciudad  de  Valencia,  que  se 
había  encargado  de  rescatar  a  Miguel  de  Cervantes,  para 
el  dicho  efecto,  doscientos  ducados  mas  los  mil  setenta  y 
siete  reales  que  le  habían  entregado  al  mercedario  padre 
Jerónimo  Villalobos,  obligando  sus  personas  y  bienes,  mue- 
bles y  raíces  habidos  y  por  haber  para  responder  del  pago  de 
todo  lo  demás  que  costare  el  rescate  de  dicho  Miguel  de  Cer- 
vantes. Algunos  días  después,  el  25  de  julio,  el  duque  de 
5esa  daba  una  información  (2)  muy  honrosa  y  favorable, 


(i)    Documentos  Cervantinos,  por  D.  Cristóbal  Pérez  Pastor,  1. 1,  pág.  53. 
(2)     Vida  de  Miguel  de  Cervantes...  por  D.  Martín  Fernández  de  Na- 
VARRETE.  Madrid  1819,  pág,  313. 


27 

a  la  par  que  justa,  acerca  de  los  servicios  prestados  por 
aquél  en  el  servicio  del  Rey,  haciendo  constar  el  simpá- 
tico procer  que  hacía  años  que  le  conocía  y  le  vio  servir 
en  las  jornadas  de  Levante  además  de  la  en  que  fué  rota  la 
armada  del  turco  en  la  cual,  peleando  como  buen  soldado, 
perdió  una  mano;  no  fué  vano  el  tal  informe,  pues  al  pie 
se  puso  que  5.  M.  a  suplicación  de  Doña  Leonor  de  Cortinas, 
y  en  consideración  de  lo  en  esta  certificación  contenido,  hizo 
merced  de  dar  licencia  para  que  del  reino  de  Valencia  se  pu- 
diesen llevar  a  Argel  dos  mil  ducados  de  mercaderías  no  pro- 
hibidas. Documentos  existentes  en  el  Archivo  de  Siman- 
cas y  publicados  en  la  Revista  de  Archivos  del  año  1883, 
a  los  que  siguen  tres  reales  cédulas  dirigidas  por  el  Rey 
al  Duque  de  Nájera,  Virrey  y  Capitán  General  de  Valen- 
cia, de  las  que,  en  la  i.^  de  6  de  diciembre  del  año  1578 
se  le  decía:  «que  por  ese  reino  pueda  sacar  y  llevar  a 
Argel,  hasta  ocho  mil  ducados  de  mercaderías  lícitas  y  no 
de  las  vedadas  y  prohibidas»,  añadiendo  y  «mandamos 
que  a  la  persona  o  personas  que  tuviesen  poder  de  la  di- 
cha D.*  Leonor  de  Cortina  den  licencia...»  pero  se  exigía 
el  que  diese  «seguridad  que  con  el  valor  de  dichas  mer- 
caderías rescatara  al  dicho  su  hijo  y  os  le  presentara 
dentro  de  seis  meses  después  que  partiere  del  puerto» 
mandando,  finalmente,  que  tuviese  valor  la  concesión 
por  espacio  de  ocho  meses.  En  5  de  marzo  del  siguiente 
año  se  dirigía  el  Rey  otra  vez  al  duque  de  Nájera  y  le 
decía,  que  por  ser  viuda  y  pobre  D.*  Leonor  de  Cortinas, 
no  tenía  quien  la  fiase  en  la  ciudad  de  Valencia  para  res- 
ponder del  despacho  de  las  mercancías,  por  lo  que  pedia 
se  le  diese  la  licencia  con  sólo  la  seguridad  que  personal- 


28 

mente  daría  ante  un  Alcalde  de  la  Corte.  En  la  tercera 
real  cédula  se  da  prórroga  por  seis  meses  para  realizar  el 
negocio  de  las  mercaderías,  ya  que  estaba  para  expirar  el 
plazo  concedido  en  los  anteriores  documentos,  la  firmó 
el  Rey  en  el  Escorial  a  19  de  agosto  del  año  1579. 

Uno  de  los  días  más  felices  que  Cervantes  debió  tener 
en  su  azarosa  vida,  y  uno  de  los  que  los  amantes  de  las 
letras  castellanas  debieran  señalar  con  piedra  blanca,  fué 
el  19  de  septiembre  de  1580,  en  el  que  aquél  vio  rotas 
las  cadenas  de  la  esclavitud,  gracias  a  los  quinientos  du- 
cados de  oro  que  por  su  rescate  dio  el  redentonsta  Padre 
Fray  Juan  Gil,  cuando  aquél  estaba  ya  embarcado  en  las 
galeras  de  Hazan  para  emprender  la  derrota  de  Constanti- 
nopla,  en  donde  ya  era  más  difícil  el  obtener  la  libertad. 

No  consta  documentalmente  el  día  que  embarcó  Cer- 
vantes, pero  se  puede  afirmar  que  vino  a  Valencia  en  la 
expedición  del  24  de  octubre  del  indicado  año  80,  en  la 
que  se  sabe  embarcaron  seis  redentos  que  debieron  ser  de 
los  once  que  se  rescataron  desde  el  8  de  agosto  hasta  el 
indicado  día  24,  y  de  ellos,  uno  nuestro  escritor,  ya  que 
los  que  declararon  en  el  expediente  por  éste  instado,  su  ca- 
marada  D.  Domingo  de  Benavides,  dice  entre  otras  cosas, 
que  «...  comen  de  presente  juntos,  y  están  en  un  apo- 
sento... y  esperaban  ocasión  de  volver  juntos  a  España»;  y  en 
otra  información  posterior  dijo  Francisco  Aguilar  que  de 
Argel  a  Valencia  vino  con  Cervantes,  a  más  en  otra  infor- 
mación, la  del  cautiverio  de  nuestro  escritor,  pedida  por 
su  padre  Rodrigo  de  Cervantes  en  Madrid  en  uno  de  di- 
ciembre del  repetido  año,  de  entre  los  testigos  uno  dice 
que  vinieron  juntos  en  una  nave  cuando  se  rescataron  hasta  la 


29 

ciudad  de  Valencia  donde  al  presente  está  el  dicho  Miguel  de 
Cervantes^  y  otros  dos  declaran  que  le  habían  visto  libre  en 
Valencia  hacia  mes  y  medio  poco  más  o  menos;  no  debió 
permanecer  muchos  días  del  mes  de  diciembre  en  esta 
ciudad,  puesto  que  el  día  i8  insta  en  Madrid  una  informa- 
ción de  su  cautiverio,  y  al  siguiente  presta  declaración  en 
la  de  Rodrigo  de  Chabes,  su  camarada  en  el  cautiverio 
durante  tres  años  y  compañero  en  el  viaje  de  regreso  a  la 
patria,  y  con  el  que  haría  la  solemne  entrada  y  procesión, 
escapulario  de  nuestra  señora  de  la  Merced  al  cuello,  se- 
gún costumbre,  por  la  calle  del  Mar  y  Campaneros  a  la 
Seo,  donde  oían  misa  y  sermón.  No  se  extrañe  lo  que  aca- 
bamos de  decir  de  que  llevarían  los  hábitos  de  la  orden 
de  la  Merced  los  redentos,  a  pesar  de  haber  sido  redimi- 
dos por  los  padres  trinitarios,  pues  según  varios  privile- 
gios y  un  convenio  habido  entre  las  dos  órdenes  redento- 
ristas  en  la  corona  de  Aragón  y  reino  de  Valencia,  sólo 
los  padres  Mercedarios  podían  hacer  procesiones  públicas  de 
redención  de  cautivos  cristianos. 

En  la  corta  temporada  que  en  esta  ciudad  estuvo  Cer- 
vantes, algunos  días  más  del  mes,  se  debió  dedicar  pri- 
meramente a  liquidar  o  poner  en  orden  las  cuentas  con 
los  mercaderes  de  esta  plaza,  que  debían  ser  a  los  que  se- 
gún en  una  de  las  informaciones  se  dice,  les  estaba  de- 
biendo más  de  mil  reales  por  habérselos  prestado  para 
comer  y  vestir  durante  su  cautiverio,  y  muy  probable  a  la 
cesión  del  privilegio  para  sacar  mercaderías  de  esta  plaza, 
de  que  antes  nos  hemos  ocupado,  y  que  la  apócrifa  viuda 
Doña  Leonor  de  Cortinas  no  había  podido  hacer  efectivo, 
cosa  al  parecer  difícil,  pues  en  25  de  agosto  de  1582  to- 


30 

davía  otorga  poderes  al  mercader  valenciano  Juan  Fortu- 
nyo,  que  tenía  tratos  en  Argel,  para  que  negociase  dicho 
privilegio  en  forma  y  cantidad  que  le  plugiese,  lo  que  re- 
sultó infructuoso,  habiendo  necesidad  de  que  en  14  de 
diciembre  de  1584  el  portugués  Francisco  Laguiar,  en 
nombre  de  la  madre  de  Cervantes,  previa  licencia  para  ello, 
embarcase  en  la  nave  «Santa  María  y  Sent  Nicolau»  mer- 
caderías por  valor  de  dos  mil  ciento  treinta  y  cinco  reales 
de  Valencia,  según  documento  custodiado  en  el  Archivo 
General  del  Reino,  donde  están  enumeradas  aquéllas.  Al 
llevar  a  cabo  las  operaciones  indicadas  y  también  a  no  du- 
dar por  cartas  de  recomendación  que  de  los  valencianos 
residentes  en  la  ciudad  africana  traería  especialmente  del 
banquero  Exarch,  grangearía  muy  buenos  amigos,  que  sin 
duda  conservó,  como  nos  demuestra  el  apoderado  que 
años  después  tuvo  en  esta  ciudad,  un  caballero  llamado 
Melchor  Valenciano  de  Mendiolaza,  del  que  nada  ahora 
decimos  por  no  creerlo  oportuno,  y  ser,  además,  motivo 
de  un  trabajo  especial;  estas  amistades,  y  de  seguro  las 
aficiones  literarias  le  llevarían  a  la  librería  de  Timoneda, 
quien  sin  duda  impresionó  con  su  aspecto  venerable  al 
que  podemos  llamar  mozo,  pues  no  tenía  Cervantes  a  la 
sazón  más  de  3 1  años,  y  le  hace  exclamar  más  tarde  por 
boca  de  un  personaje  de  una  comedia,  Timoneda,  que  en 
vejez  ^l  tiempo  ven^e,  equivocándose  en  ello,  pues  no  era 
tan  viejo  como  dichas  palabras  demuestran;  en  aquel  es- 
tablecimiento entablaría  relaciones  con  la  mayoría  de  los 
literatos  de  esta  tierra,  a  los  que  siempre  que  nombra  es 
para  prodigarles  alabanzas;  en  todo  momento  en  que  en 
sus  obras  habla  de  escritores,  a  los  de  la  ciudad  del  Turia 


31 

encomia  de  modo  especial,  como  veremos  al  transcribir 
las  referencias  puestas  en  las  distintas  obras  del  inmortal 
manco. 

Corresponde  ahora  el  que  examinemos  la  relación  de 
Valencia  y  los  valencianos  con  la  labor  literaria  de  nuestro 
Principe  de  los  ingenios:  el  primer  libro  que  éste  impri- 
mió y  por  ende  el  primer  compuesto  fué  la  Galaica  (i), 
novela  pastoril,  manera  tan  en  boga  a  la  sazón,  como  aho- 
ra olvidada;  en  ella  intercala  Cervantes,  a  imitación  del 
Canto  de  Turia,  puesto  por  Gil  Polo  en  su  Diana  Enamo- 
rada, el  Canto  de  Caliope  (2),  en  el  que  entre  otros  poetas 
dedica  alabanzas  a  algunos  valencianos,  de  los  que  dice 
muchas  lindezas,  no  desdeñándose  en  hacer  constar  la 
imitación  que  hemos  señalado.  Dice  asi: 

«Turia,  tú  que  otra  vez  con  voz  sonora 
Cantaste  de  tus  hijos  la  excelencia. 
Si  gustas  de  escuchar  la  mía  aora 
(Formada,  no  en  enbidia  o  competencia) 
Oyrás  cuanto  tu  fama  se  mejora 
Con  los  que  yo  diré,  cuya  presencia, 
Valor,  virtud,  ingenio,  te  enriquecen, 

Y  sobre  el  Indo,  o  Gange  te  engrandecen. 
O,  tú,  Don  luán  Coloma,  en  cuyo  seno 

Tanta  gracia  del  cielo  se  ha  encerrado, 
Que  a  la  enbidia  pusiste  en  duro  freno, 

Y  en  la  fama  mil  lenguas  has  criado. 
Conque  del  gentil  Tajo  al  fértil  Reno, 
Tu  nombre  y  tu  valor  va  leuantado. 


(i)  Se  publicó  en  Alcalá  de  Henares  el  año  1585  por  Juan  Gracián,  a  costa 
de  Blas  de  Robles,  mercader  de  libros. 

(2)  La  Calatea,  dividida  en  seis  libros,  compuesta  por  Miguel  de  Cervantes. 
París,  MDCXI.  pág.  424,  Bib.  del  autor. 


32 


Tú  Conde  de  Elda,  en  todo  tan  dichoso, 
Hazes  el  Turia  más  qu'el  Pó  famoso. 

Aquel  en  cuyo  pecho  abunda  y  Ilueue 
Siempre  vna  fuente,  que  es  por  él  diuina, 

Y  a  quien  el  coro  de  sus  lumbres  mueue 
(Como  a  señor)  con  gran  razón  se  inclina. 
A  quien  único  nombre  se  le  deue 

De  las  Etiope  hasta  h  gente  Austrina, 
Don  Luys  Garcerán  es  sin  segundo 
Maestre  de  Montesa,  y  bien  del  mundo. 

Meresce  bien  en  este  insigne  valle. 
Lugar  ilustre,  assiento  conoscido. 
Aquél  a  quien  la  fama  quiere  dalle 
El  nombre  que  su  ingenio  ha  merescido. 
Tenga  cuydado  el  cielo  de  loalle, 
Pues  es  del  cielo  su  valor  crescido, 
El  cielo  alabe  lo  que  yo  no  puedo 
Del  sabio  Don  Alonso  Rebolledo. 

Al?as,  Doctor  Falcón,  tan  alto  el  buelo, 
Que  al  Águila  crudal  atrás  te  dexas, 
Pues  te  remontas  por  tu  ingenio  al  cielo, 

Y  deste  valle  mísero  te  alexas. 
Por  esto  temo,  y  con  razón  recelo, 

Que,  aunque  te  alabe,  formarás  mil  quexas 
De  mi,  porque  en  tu  loor,  noche  y  día. 
No  se  ocupa  la  voz  y  lengua  mia. 
Si  tuviera,  cual  tiene  la  fortuna. 
La  dulce  poesía,  varía  rueda 
Ligera  y  más  mouible  que  la  luna 
Que  ni  estuuo,  ni  está,  ni  estará  queda. 
En  ella,  sin  hazer  mudanza  alguna. 
Pusiera  sólo  a  Micer  Artieda 

Y  el  más  alto  lugar  siempre  ocupara 
Por  sciencias,  por  ingenio,  y  virtud  rara. 

Todas  cuantas  más  alabanzas 


33 

Diste  a  raros  ingenios,  o  Gil  Polo, 
Tú  las  mereces  sólo,  y  las  alcanzas, 
Tú  las  alcanzas  y  mereces  fólo, 
Ten  ciertas  y  seguras  esperanzas. 
Que  en  este  ualle  vn  nueuo  Mauseolo 
Te  harán  estos  pastores,  do  guardadas 
Tus  cenizas  serán,  y  celebradas. 

Cristóual  de  Virues,  pues  se  adelanta 
Tu  sciencia  y  valor  tan  a  tus  años, 
Tú  mesmo  aquel  ingenio  y  virtud  canta. 
Conque  huyes  del  mundo  los  engaños. 
Tierra,  dichosa,  y  bien  nascida  planta, 
Yo  haré  que  en  propios  reinos  y  en  estraños 
El  fruto  de  tu  ingenio  leuantado 
Se  conozca,  se  admire  y  sea  estimado. 

Son  tan  conocidos  los  escritores  mencionados,  que 
creemos  inútil  el  decir  nada  sobre  ellos  y  sus  obras,  mas, 
cuando  un  nuestro  amigo  meritisimo  escritor  valenciano, 
el  sin  par  investigador  Marti  Grajales,  tan  ventajosamente 
conocido  por  los  amantes  de  estos  estudios,  tiene  hechas 
las  biografías  de  todos,  las  que  no  ha  mucho,  merecieron 
el  galardón  del  premio  en  público  concurso,  al  que  pue- 
den acudir  todos  los  escritores  que  manejan  la  lengua  cas- 
tellana o  de  Cervantes,  aunque  sean  de  allende  los  mares; 
pero  no  podemos  pasar  en  silencio,  queremos  hacer  hin- 
capié en  el  primero  que  se  nombra,  en  D.  Juan  Coloma, 
Conde  de  Elda,  para  decir  que  este  caballero  y  notable  es- 
critor, fué  nieto  de  su  homónimo  el  Aragonés  Juan  Colo- 
ma, Secretario  del  Rey  Católico,  uno  de  los  que,  como  en 
otra  ocasión  dejamos  probado,  más  influyó  para  que  los 
Reyes  accediesen  a  las  pretensiones  de  Colón  de  buscar 


34 

nuevo  camino  a  las  Indias,  y  que  fué  encargado  para  re- 
dactar las  bases  del  convenio  entre  los  Soberanos  y  el  des- 
pués Almirante  del  mar  Océano. 

Cronológicamente  nos  corresponde  abrir  el  jD.  Quijote, 
y  en  el  capitulo  tercero  de  la  primera  parte  (i)  nos  vemos 
a  D.  Quijote  de  rodillas  ante  el  socarrón  del  ventero,  el  que 
para  hacerle  levantar  del  suelo  accede  a  la  pretensión  de 
armarle  caballero,  «y  por  tener  que  reyr  aquella  noche 
determinó  de  seguirle  el  humor;  y  assi  le  dixo,  que  andana 
muy  acertado  en  lo  que  deseaua,  y  pedia,  y  que  tal  prosu- 
puesto era  propio,  y  natural  de  los  caualleros  tan  princi- 
pales como  el  parecía,  y  como  su  gallarda  presencia  mos- 
traua;  y  que  el  ansi  mesmo  en  los  años  de  su  mocedad, 
se  auía  dado  a  aquel  honroso  exercicio,  andando  por  di- 
versas partes  del  mundo,  buscando  sus  auenturas  sin  que 
huuiesse  dexado  los  percheles  de  Málaga,  islas  de  Riaran, 
compás  de  Sevilla,  azogue] o  de  Segovia,  la  olivera  de  Va- 
lencia, rondilla  de  Granada,  playa  de  San  Lúcar,  potro  de 
Córdoua,  y  las  ventillas  de  Toledo,  y  otras  diuersas  par- 
tes, donde  hauía  exercitado  la  ligereza  de  sus  pies,  sutileza 
de  sus  manos,  haciendo  muchos  tuertos,  requestando  mu- 
chas biudas,  deshaciendo  algunas  doncellas,  y  engañando 
algunos  pupilos....»  Pasando  adelante  en  el  capítulo  sexto, 
nos  encontraremos  con  el  donoso  escrutinio  de  la  famosa 
librería  del  hidalgo  manchego,  que  el  discreto  licenciado 
Pero  Pérez  y  Maese  Nicolás  el  Barbero  llevaron  a  cabo  en 
la  estancia  en  donde  el  ingenioso  hidalgo  se  había  pasado 
las  noches  de  claro  en  claro  y  los  días  de  turbio  en  turbio  le- 


(i)    Pedro  Patricio  Mey,  Valencia  i6oj.  Pág.  20.  Bibl.  del  autor. 


35 

yendo  aquellos  excomulgados  libros,  según  expresión  del  ama, 
la  que  tal  venganza  iba  a  tomar  de  ellos  sin  perdonar 
ninguno  de  los  que  allí  habla,  que  eran  más  de  cien  cuerpos 
de  libros  grandes  y  muy  bien  encuadernados,  y  otros  pequeños, 
los  que,  después  de  examinados  por  el  Cura,  pasaban  al 
brazo  seglar  del  ama  y  de  éste  por  la  ventana  iban  vo- 
lando a  esperar  pacientemente  el  fuego  que  los  habla  de 
consumir.  Cansados  de  leer  títulos  ordenó  el  licenciado 
por  Sigüenza  fuesen  todos  los  grandes  al  patio,  el  ama, 
«Por  tomar  muchos  juntos,  se  le  cayó  uno  a  los  pies  del 
Barbero,  que  le  tomó  gana  de  ver  de  quién  era,  y  vio  que 
decía:  Historia  deljamoso  cauallero  Tirante  el  Blanco.  Válame 
Dios,  dixo  el  Cura  dando  una  gran  boz,  que  aquí  este 
Tirante  el  Blanco.  Dádmele  a  ca  compadre,  que  hago  cuen- 
ta que  he  hallado  en  él  vn  tesoro  de  contento  y  vna  mina 
de  passatiempos.  Aquí  está  D.  Qjuirieleysón  de  Montal- 
uan,  valeroso  cauallero  y  su  hermano  Tomás  de  Mon- 
taluan  y  el  cauallero  Fonseca  con  la  batalla  que  el  valiente 
Detriante  hizo  con  el  Alano,  y  las  agudezas  de  la  doncella, 
Placer  de  mi  uida,  con  los  amores,  y  embustes  de  la  biuda 
Reposada,  y  la  Señora  Emperatriz  enamorada  de  Hipólito 
su  escudero.  Digo  os  verdad,  señor  compadre,  que  por  su 
estilo  es  este  el  mejor  libro  del  mundo:  aquí  comen  los 
caualleros,  y  duermen  y  mueren  en  sus  camas  y  hacen 
testamento  antes  de  su  rnuerte,  con  otras  cosas  de  que 
todos  los  demás  libros  de  este  género  carecen».  De  ningún 
otro  libro  de  caballería  hace  Cervantes,  por  boca  del  Cura, 
tantos  elogios  como  de  este  escrito  por  los  caballeros  va- 
lencianos Mossen  Joanot  Mantorell  y  Mossen  Marti  Joan  de 
Galba,  a  los  que  indulta  de  la  pena  de  ser  achicharrados. 


36 

No  menor  elogio  representa  lo  que  ocurre  al  escrutar  los 
libros  pequeños  en  donde  se  lee:  «Este  que  se  sigue,  dixo 
el  Barbero,  es  la  Diana  llamada  segunda,  del  Salmantino, 
y  este  otro  que  tiene  el  mesmo  nombre,  cuyo  autor  es 
Gil  Polo.  Pues  la  del  Salmantino,  respondió  el  Cura  acom- 
pañe, y  acreciente  el  número  de  los  condenados  al  corral: 
y  la  de  Gil  Polo  se  guarde,  como  si  fuera  del  mismo 
Apolo»:  Hacia  el  final  del  donoso  escrutinio  dice  el  Bar- 
bero: «aquí  vienen  tres  todos  juntos:  la  Araucana  de  don 
Alonso  de  Ercilla,  la  Austriada  de  D.  Juan  Rufo,  Jurado 
de  Cordoua,  y  el  Monserrate  de  Cristóual  de  Virues,  Poeta 
valenciano.  Todos  estos  tres  libros,  dixo  el  Cura,  son  los 
mejores  que  en  verso  heroyco,  en  lengua  Castellana  están 
escritos,  y  pueden  competir  con  los  más  famosos  de  Ita- 
lia: guárdense  como  las  más  ricas  prendas  de  Poesía  que 
tiene  España».  En  fin,  de  los  pocos  libros  que  escapan 
de  las  manos  del  ama  y  por  ende  de  ser  abrasados  tres  son 
de  autores  valencianos,  no  cabe  mayor  ni  más  autorizada 
alabanza. 

Pasando  adelante  en  la  lectura  del  Don  Quijote  nos 
tropezamos  con  la  novelita,  mgerida  en  el  incomparable 
libro,  la  Vida  del  cautivo,  de  la  que  Cervantes  se  valió 
para  relatar  varios  hechos  históricos  por  él  bien  sabidos, 
como  que  algunos  los  vivió,  y  en  la  que,  indudablemente, 
quiso  colocar  algunos  datos  biográficos  suyos,  e  hizo  men- 
ción de  sujetos  que  le  debían  ser  muy  conocidos  y  algu- 
nos tal  vez  sus  amigos,  cuenta  el  compañero  de  la  bella 
Zorayda  que  después  de  guardarse  los  mil  ducados 
de  los  tres  mil  que  recibió  a  cuenta  de  su  herencia, 
y  dada  por  el  padre  la  bendición,  tomó  el  viaje  de  Ali- 


57 

cante  (^i)  y  dice,  a  donde  tuve  nueiias  que  auía  tina  ñaue  Gi- 
nouesa  que  cargan  a  allí  lana  para  Génoua.  Este  hará  veynte 
y  dos  años  que  salí  de  casa  de  mi  padre...  Embarqueme  en  Ali- 
cante, llegué  con  próspero  viaje  a  Génoua...  y  después  de  re- 
latar su  cautiverio  en  la  batalla  naval  de  Lepanto  donde 
quedó  el  orgullo  y  soberbia  Otomana  quebrantada  y  los  tra- 
bajos que  pasaba  en  el  banco  de  la  galera  del  Uchali,  Rey 
de  Argel,  se  ocupa  de  la  pérdida,  para  España,  de  Túnez, 
y  entre  otros  detalles,  dice:  Rindióse  a  partido  un  pequeño 
fuerte  o  torre,  que  estaña  en  mitad  del  estaño,  a  cargo  de  D.  Juan 
Zanoguera,  cauallero  valenciano  y  famoso  soldado. 

Y  tal  debía  ser  nuestro  compatriota  desde  el  momento 
que  D.  Juan  de  Austria  en  el  año  anterior  a  esta  pérdida, 
o  sea,  en  el  de  1573  antes  del  24  de  octubre,  día  en  que 
partió  de  aquella  plaza  africana,  le  nombró  Gobernador 
de  la  susodicha  fortaleza;  indudablemente,  el  caballero  va- 
lenciano y  famoso  soldado  debió  ser  compañero  de  pena- 
lidades en  el  cautiverio  de  nuestro  Cervantes. 

El  ya  sabido  impresor,  Juan  de  la  Cuesta,  el  año  trece 
de  la  diez  y  siete  centuria  imprimió  Las  Novelas  Exem- 
PLARES  de  Cervantes,  y  éste  en  la  titulada  Las  Dos  Don- 
cellas, cuenta  que  al  aportar  a  Barcelona  las  protagonistas 
acompañadas  del  hermano  de  una  de  ellas  (2)  «en  lle- 
gando a  la  marina  vieron  muchas  espadas  fuera  de  las 
vainas,  y  mucha  gente  acuchillándose  sin  piedad  alguna... 
Era  infinita  la  gente  que  de  la  ciudad  acudía,  y  mucha  la 


(i)  El  ingenioso  Hidalgo  Don  Quijote  de  la  Mancha,  etc.  Valencia,  Pedro 
Patricio  Mey.  1605,  págs.  565  y  siguientes.  Bib.  del  autor. 

(2)  Novelas  Exemplares  de  Miguel  de  Cervantes  Saavedra,  Milán  MDCXV, 
pág.  561,  Bib.  del  autor. 


38 

que  de  las  galeras  se  desembarcaua,  puesto  que  el  que  las 
traía  a  cargo  que  era  un  cauallero  valenciano,  llamado 
D.  Pedro  de  Vique,  desde  la  popa  de  la  galera  capitana 
amenazaba  a  los  que  se  hauian  embarcado  en  los  esqui- 
fes para  ir  a  socorrer  a  los  suyos;  mas,  viendo  que  no 
aprovechauan  sus  voces  ni  sus  amenazas,  hizo  volver  las 
proas  de  las  galeras  a  la  ciudad,  y  disparar  una  pieza  sin 
bala,  señal  de  que  si  no  se  apartasen,  otra  no  iría  sin  ella». 
De  entre  los  de  la  armada,  el  que  más  se  distinguía  era 
Marco  Antonio,  el  objeto  de  las  ansias  de  las  dos  donce- 
llas que  allá  acudieron  a  defenderle,  pero  fué  herido  éste 
en  la  retirada,  de  un  tiro  de  piedra  y  embarcado  en  la  ga- 
lera con  el  acompañamiento  de  Leocadia.  Teodosia  y  su 
hermano  D.  Rafael,  ruegan  al  caballero  barcelonés,  su 
huésped,  saque  al  descalaberado  mancebo  de  la  embarca- 
ción para  curarle  en  tierra.  «Esso  haré  yo  de  buena  gana, 
dijo  el  caballero,  y  sé  que  me  la  hará  el  general,  que  es 
principal  caballero  y  pariente  mío»,  cosa  que  asi  sucedió. 
En  el  año  1614  publicó  Cervantes  su  libro  Viaje  del 
Parnaso,  del  que  no  quiero  relatar  la  trama  o  en  qué  con- 
siste, pues  casi  todos  lo  conoceréis,  pero  si  transcribiré 
lo  que  a  nuestros  compatriotas  se  refiere  (i): 

«En  esto  sesga  la  Galera,  vase 
rompiendo  el  mar  con  tanta  ligereza, 
que  el  viento  aun  no  consiente  que  la  pase. 

Y  en  esto  descubrióse  la  grandeza 
de  la  escombrada  playa  de  Valencia 
por  arte  hermosa,  y  por  naturaleza. 


(i)     Viaje  del  Parnaso.  Madrid  1772,  en  la  Oficina  de  la  viuda  de  Manuel 
Fernández,  pág.  578.  Bibl.  del  autor. 


39 


Hizo  luego  de  sí  grata  presencia 
el  gran  Don  Luis  Ferrer,  marcado  el  pecho 
de  honor,  y  el  alma  de  Divina  Ciencia. 

Desembarcóse  el  Dios  y  fué  derecho 
a  darle  quatro  mil  y  más  abrazos, 
de  su  vista  y  su  ayuda  satisfecho. 

Volvió  la  vista,  y  reiteró  los  lazos 
en  Don  Guillem  de  Castro,  que  venía 
deseoso  de  verse  en  tales  brazos. 

Cristóval  de  Virues  se  le  seguía, 
con  Pedro  (i)  de  Aguilar,  junta  famosa 
de  las  que  Turia  en  sus  riberas  cría. 

No  le  pudo  llegar  más  valerosa 
escuadra  al  gran  Mercurio,  ni  él  pudiera 
desearla  mejor,  ni  más  honrosa. 

Luego  se  descubrió  por  la  ribera 
un  tropel  de  gallardos  valencianos 
que  a  ver  venían  la  sin  par  galera. 

Todos  con  instrumentos  en  las  manos, 
de  estilos  y  librillos  de  memoria, 
por  bizarría,  y  por  ingenio  ufanos. 

Codiciosos  de  hallarse  en  la  victoria, 
que  ya  tenían  por  segura  y  cierta 
de  las  heces  del  mundo,  y  de  la  escoria. 

Pero  Mercurio  les  cerró  la  puerta, 
digo,  no  consintió  que  se  embarcasen, 
y  el  por  qué,  no  lo  dixo,  aunque  se  acierta. 

Y  fué,  porque  temió  que  no  se  alzasen, 
siendo  tantos,  y  tales  con  Parnaso, 
y  nuevo  imperio,  y  mando  en  él  fundasen. 

En  esto  vióse  con  brioso  paso 


(i)  Indudablemente  escribió  Cervantes  de  memoria  y  equivocó  el  nombre 
del  poeta  Aguilar  que  se  llamaba  Gaspar  y  que  con  toda  certeza  se  pued  e  decir 
que  era  a  quien  aludía. 


venir  al  magno  Andrés  rey  de  Artieda, 
no  por  la  edad  descaecido,  o  laso. 

Hicieron  todos  espaciosa  rueda, 
y  cogiéndole  en  medio,  le  embarcaron, 
más  rico  de  valor  que  de  moneda. 

Al  momento  las  áncoras  alzaron 
y  las  velas  ligadas  a  la  entena, 
los  grumetes  aprisa  desataron.» 

Cerca  del  fin  del  capitulo  V,  después  de  amansada  la 

tormenta  que  puso  en  gran  peligro  la  galera  del  Parnaso, 

llega  entre  otros  escritores. 

«Pedro  Juan  de  Rejaule  le  seguía 
en  otro  coche  insigne  valenciano, 
y  grande  defensor  de  la  poesía.» 

De  este  poeta  dramático  debemos  hacer  constar  que 
se  firmaba  Ricardo  de  Turia,  por  cuyo  seudónimo  es  más 
conocido  que  por  el  nombre  propio. 

En  la  gran  batalla  que  los  poetas  malos  con  intención 
de  apoderarse  del  Parnaso  dan  a  los  buenos,  entre  aqué- 
llos, no  figura  ningún  valenciano,  y  se  dice: 

«Tan  mezclados  están  que  no  hay  quien  pueda 
discernir  cuál  es  malo,  o  cuál  es  bueno, 
cuál  es  Garcilacista  o  Timoneda.» 

Al  principio  del  capitulo  octavo,  un  poeta  mancebo 
del  escuadrón  vencido,  entre  otras  razones  dice: 

«Fué  desto  exemplo  Juan  de  Timoneda 
que  con  sólo  imprimir,  se  hizo  eterno, 
las  comedias  del  Gran  Lope  de  Rueda.» 

alguno  de  cuyos  ejemplares  debió  ver  Cervantes  en  la 
librería  del  editor  y  no  impresor,  como  algunos  han  dicho, 
tomando  al  pie  de  la  letra  lo  escrito  en  el  terceto. 


41 

Como  tan  sabido  es,  publicó  nuestro  principe  de  los 
escritores,  el  año  léi 5,  un  libro  con  ocho  comedias  y  ocho 
entremeses  nuevos  y  no  representados  hasta  la  fecha  de  la 
publicación,  y  en  su  prólogo  hace  una  suscinta  relación 
del  desarrollo  del  teatro  desde  los  tiempos  en  que  repre- 
sentaba el  que  apellida  «el  Gran  Lope  de  Rueda,  barón 
insigne  en  la  representación  y  en  el  entendimiento»  has- 
ta que  «entró  luego  el  monstruo  de  naturaleza,  el  gran 
Lope  de  Vega  y  aleóse  con  la  Monarquía  cómica,  avasalló 
y  puso  debaxo  su  jurisdicción  a  todos  los  farsantes,  llenó 
el  mundo  de  Comedias  propias,  felices  y  bien  razonadas», 
añadiendo  después  de  prodigarle  otros  encomios,  que 
a  pesar  de  esto  hay  que  admirar  en  otros  escritores  tam- 
bién de  comedias  otras  circunstancias,  entre  los  que  dice 
de  los  valencianos,  «la  discreción,  e  innumerables  con- 
ceptos del  Canónigo  Tárrega:  la  suavidad  y  dulcura  de 
don  Guillen  de  Castro,  la  agudeza  de  Aguilar...»  Entran- 
do por  las  hojas  adelante  del  libro  tropezamos  con  la  co- 
media, Los  'Baños  de  Argel,  en  la  que  en  su  jornada  terce- 
ra (i)  dice  Ossorio: 

«Antes  que  más  gente  acuda, 
El  coloquio  se  comienze, 
que  es  del  Cran  Lope  de  Rueda 
impreso  por  Timoneda, 
que  en  vejez  al  tiempo  vence». 

En  la  misma  jornada,  algo  después,  presenta  al  rey  de 
Argel  un  Cristiano  del  que  dicen,   que  con  aquella  son 


(i)  Ocho  comedias  y  ocho  entremeses  nuevos,  nunca  representados.  Año 
1615  en  Madrid.  A  costa  de  Juan  de  Villarroel,  foja  76  vuelta  y  80  vuelta. 
Bib,  del  autor. 


veinte  las  veces  que  ha  huido,  preguntándole  aquél:  ¿y  tú 
eres  español?  contestándole  y  de  Valencia. 

Llegó  por  fin  el  momento  de  que  apareciese  la  segun- 
da parte  del  ingenioso  Hidalgo,  y  hacia  fines  del  año  i6i  5 
salió  de  las  prensas  de  Juan  de  la  Cuesta  el  verdadero 
Don  Quixote,  el  aseado  y  sublime  loco  seguido  del  dis- 
creto Sancho;  no  les  acompañaremos  en  todas  sus  andan- 
zas, pero  si  nos  fijaremos  en  los  Duques  (i)  que  hospe- 
daron y  agasajaron  a  vueltas  de  muchas  burlas  al  andan- 
te caballero,  pero  sin  que  jamás  faltase  el  respeto  y  esme- 
rado trato  que  el  sublime  loco  por  sus  altas  caballerías 
creía  merecer.  Está  fuera  de  duda  que  Cervantes  aludió 
en  estos  proceres  a  los  Duques  de  Villahermosa,  título 
que  es  valenciano  por  radicar  los  estados  en  este  antiguo 
Reino,  llevando  además  anejos  los  de  las  Baronías  de 
Árenos  y  Artana,  la  joven  Duquesa  D/  María  de  Aragón 
y  Pernestán,  hija  del  difunto  y  desgraciado  Duque  don 
Fernando  de  Gurrea  y  de  Aragón  y  de  D.*  Juana  de  Per- 
nestán y  casada  con  un  miembro  de  la  casa  Ducal  de  Gan- 
día. Somos  de  opinión  que  estos  magnates  le  eran  muy 
conocidos  a  Cervantes  y  nos  apoyamos  para  afirmarlo  en 
el  hecho  de  que  Melchor  Valenciano  de  Mendiolaza,  pro- 
curador general  de  la  Duquesa  viuda,  fué  el  que  pidió  en 
Valencia,  como  antes  vimos,  en  nombre  de  Cervantes, 
autorización  para  imprimir  el  Don  Quixote. 

Pasando  adelante  en  la  portentosa  historia  y  dejando 
atrás  muchas  aventuras,  hemos  de  hacer  hincapié  en  un 


(i)     Segunda  parte  del  Ingenioso  Caballero  Don  Q.uixote  de  la  Mancha. 
Bruselas  i6i6,  pág.  277.  Bibl.  del  autor. 


43 

acontecimiento  de  los  ocurridos  durante  la  estancia  del 
caballero  en  Barcelona,  dejaremos  que  hable  el  autor,  ya 
que  tan  maravillosamente  lo  hace,  dice:  (i)  «En  resolu- 
ción aquella  tarde  Don  Antonio  Moreno  su  huésped,  y 
sus  dos  amigos  con  Don  Quijote  y  Sancho,  fueron  a  las 
galeras,  el  Quatraluo  que  estaua  auisado  de  su  buena  ve- 
nida por  ver  a  los  dos  tan  famosos  Quixote  y  Sancho, 
apenas  llegaron  a  la  marina,  cuando  todas  las  galeras  aba- 
tieron tienda,  y  sonaron  las  chirimías,  arrojaron  luego  el 
esquife  al  agua  cubierto  de  ricos  tapetes,  y  de  almohadas 
de  terciopelo  carmesí,  y  en  poniendo  que  puso  los  pies 
en  el  Don  Quixote,  disparo  la  capitana  el  cañón  de  cru- 
xia,  y  las  otras  galeras  hizieron  lo  mesmo,  y  al  subir 
Don  Quixote  por  la  escalera  derecha,  toda  la  chusma 
le  saludó  como  es  vsan^a,  quando  una  persona  princi- 
pal entra  en  la  galera,  diciendo:  Hu,  hu,  hu,  tres  ve- 
zes,  diole  la  mano  el  General  que  con  este  nombre 
le  llamaremos,  que  era  un  principal  Cauallero  Valen- 
ciano, abraco  a  Don  Quixote,  diciendole:  este  día  se- 
ñalaré yo  con  piedra  blanca,  por  ser  uno  de  los  mejo- 
res que  pienso  lleuar  en  mi  vida,  auiendo  visto  al  señor 
Don  Quixote  de  la  Mancha,  tiempo  y  señal  que  nos  mues- 
tra que  en  él  se  encierra,  y  cifra  todo  el  valor  del  An- 
dante Cauallería.  Con  otras  no  menos  corteses  razones  le 
respondió  Don  Quixote  alegre  sobre  manera  de  verse  tra- 
tar tan  a  lo  señor...»  por  causa  de  la  brevedad  hacemos 
gracia  al  lector  de  los  sucesos  que  se  desarrollan  en  la 


(i)     Segda.  Part.  del  Icge.  Cavall.  Don  Quixote.  Bruxelas.  1616  pág.  599. 
Bib.  del  Autor. 


44 

nave  capitana,  que  la  tienen  extremada  por  los  sudores 
de  Sancho  y  el  pánico  de  éste  y  su  amo  en  alguna  de  las 
maniobras  hechas  de  intento  para  obtener  aquel  resul- 
tado, pero  sin  que  ni  por  un  momento  ni  por  un  descuido 
se  falte  al  respeto  al  caballero,  ni  pudiese  el  de  la  Mancha 
sospechar  siquiera  del  jefe  de  los  bájales,  que  en  este  epi- 
sodio no  nombra  Cervantes,  pero  que,  indudablemente, 
seria  el  mismo  que  aparece  en  Las  dos  doncellas,  el  pro- 
cer valenciano  Don  Pedro  de  Vich,  a  no  ser  que  ahora 
recordase,  cosa  que  dudamos,  al  también  valenciano  Don 
Francisco  Coloma,  General  de  la  flota  de  Portugal  y  des- 
pués de  las  Indias. 

No  abandonaremos  el  Don  Quixote  sin  acotar  que 
cuando  ya  vencido,  desarmado  y  triste  llevaba  el  camino 
de  su  aldea  con  el  propósito  de  allí  ensayar  la  vida  pas- 
toril, en  la  que  entretenidos  él  y  Sancho  pasarían  el  año 
forzoso  en  el  que  debía  dejar  holgar  las  armas,  ocupán- 
dose de  los  nombres  que  a  los  nuevos  pastores  adjudica- 
rían, dice  el  caballero  (i)  el  Barbero  Nicolás  se  podrá  llamar 
Miculoso,  como  ya  el  antiguo  Boscán  se  llamó  Nemoroso.  Aun- 
que el  famoso  poeta  Juan  Boscán  es  justa  gloria  catalana, 
aquí  le  nombramos  porque  algo  nos  toca  a  nosotros  ya 
que  buscó  en  este  país  esposa,  casando  con  la  señora  va- 
lenciana Doña  Ana  Girón  de  Rebolledo,  de  la  familia  de 
los  Barones  de  Andilla. 

Mas  en  donde  Cervantes  prodiga  mayores  elogios  a 
"esta  ciudad,  por  unos  llamada  la  Atenas  del  Mediterrá- 
neo, por  otros  la  Perla  del  Turia.  es  en  su  última  produc- 


(i)    Segda.  Parte  del  Ing.  Cav.  Don  Quixote.  Bruselas  1616,  pág.  634. 


45 

ción,  que  a  no  dudar  por  esta  circunstancia  era  a  la  que 
más  cariño  demostró,  siendo  así  que  la  novela  septentrio- 
nal, como  titula  a  Pérsiles  y  Segismunda,  fué  muy  inferior 
no  ya  al  incomparable  Don  Quijote,  si  que  a  las  Novelas 
Ejemplares;  pero  esto  no  hace  al  caso  en  estos  momentos 
en  que  sólo  tenemos  que  acotar  las  referencias  a  esta  tierra, 
sus  cosas  y  sus  gentes:  en  el  capitulo  II,  libro  tercero,  (i) 
relata  como  llegados  los  peregrinos  al  atardecer  de  una 
jornada  «a  un  lugar  de  moriscos,  que  estaba  puesto  como 
una  legua  de  la  marina,  en  el  Reino  de  Valencia»,  después 
de  pasar  una  noche  de  trabajos  y  más  medrosa  en  la  torre 
de  la  Iglesia,  defendiéndose  de  turcos  y  moriscos  y  pre- 
senciando la  quema  y  devastación  del  pueblo,  se  queda- 
ron dos  días,  transcurridos  los  cuales  continuaron  su  ca- 
mino y  «cerca  de  Valencia  llegaron  en  la  cual  no  quisieron 
entrar  por  excusar  las  ocasiones  del  detenerse;  pero  no 
faltó  quien  les  dixo  la  grandeza  de  su  sitio,  la  excelencia 
de  sus  moradores,  la  amenidad  de  sus  contornos,  y  final- 
mente todo  aquello  que  la  hace  hermosa,  y  rica  sobre  to- 
das las  ciudades,  no  sólo  de  España,  sino  de  toda  Europa: 
y  principalmente  les  alabaron  la  hermosura  de  las  muje- 
res, y  su  extremada  limpieza,  y  graciosa  lengua,  con  que 
sólo  la  Portuguesa  puede  competir  en  ser  dulce,  y  agrada- 
ble». Un  hijo  de  esta  tierra  no  prodigaría  mayores  alaban- 
zas, ellas  demuestran  el  entusiasmo  que  el  genio  incom- 
parable sentía  por  esta  región,  al  entonces  aun  autónoma, 
y  por  lo  mismo  grande  en  tal  modo  que  su  capital  era  la 


(i)    Los  trabajos  de  Pérsiles  y  Segismuadi.  París.  A  costa  de  Es  tevan  Richer. 
Año  1617,  pág.  390.  Bib,  del  autor. 


46 

primera  de  las  ciudades,  grandeza  que  no  hay  que  dudar 
se  debia  a  sus  democráticas  leyes  y  sabias  instituciones, 
que  sus  Reyes  supieron  darle  y  sus  caballeros  y  ciudada- 
nos guardaron  hasta,  que  un  déspota  extranjero,  favore- 
cido de  la  victoria,  para  nuestra  desgracia,  las  sustituyó 
por  otras  exóticas  y  más  opresoras  por  honorables  que 
fuesen,  según  el  infame  decreto. 

Finalmente  camino  de  Barcelona  Periandroy  su  acom- 
pañami  ento  «al  salir  de  Villa  Real,  hermosa  y  amenísima 
Villa,  de  través  de  entre  una  espesura  de  árboles  les  salió 
al  encuentro  una  Zagala  o  Pastora  Valenciana,  vestida  a 
lo  del  campo,  limpia  como  el  Sol,  y  hermosa  como  él  y 
como  la  Luna:  la  qual  en  su  graciosa  lengua,  sin  hablarles 
alguna  palabra  primero,  y  sin  hacerles  ceremonia  de  co- 
medimiento alguno,  dixo:  Señores,  pediros  he,  o  da- 
ros he?» 

Los  párrafos  transcritos  demuestran  tal  entusiasmo 
por  quien  los  escribió,  y  son  de  tal  fuerza  laudatoria,  que 
debían  estar  esculpidos  con  letras  de  oro  y  sitio  bien  vi- 
sible de  esta  ciudad,  para  que  al  leerlos,  los  valencianos 
amasen  la  memoria  de  su  autor,  y  los  extraños  admira- 
ran a  Valencia,  y  especialmente  unos  y  otros  de  la  len- 
gua no  hiciesen  menosprecio. 

Difícilmente  se  podrá  presentar  otro  ramillete  de  flo- 
res más  numerosas  y  más  bellas  en  favor  de  una  región, 
que  el  que  acabamos  de  ofrecer  a  este  distinguido  con- 
curso congregado  para  rendir  un  merecido  homenaje  de 
recuerdo  y  admiración  al  que,  nacido  en  Alcalá  y  muer- 
to en  Madrid,  peregrinó  casi  por  toda  la  Iberia,  amén  de 
Italia  y  Norte  de  África  y  por  ende  conoció  distintos  pue- 


47 

blos  y  diferentes  idiomas,  como  trató  a  multitud  de  gen- 
tes, observó  infinidad  de  costumbres,  y  estudió  no  sólo 
cuantos  libros  llegaron  a  sus  manos,  si  que  se  entretuvo 
en  leer  todo  papel  escrito  que  se  tropezó,  como  nos  lo 
dice  en  su  admirable  T)on  Quijote;  por  ello,  unido  todo 
esto  al  privilegiado  talento  con  que  Dios  le  habla  dotado, 
llegó  a  ser  el  genio  que  todo  el  mundo  admira  (y  que 
seria  el  orgullo  de  la  Venerable  Orden  Tercera  si  ésta  en 
su  modestia  pudiese  sentir  tal  afecto);  por  ello  las  alaban- 
zas tributadas  a  esta  tierra,  a  sus  cosas  y  sus  escritores, 
son  de  tantos  quilates,  en  particular  el  elogio  a  la  lengua, 
volvemos  a  decir,  la  que  conocerla  muy  bien  por  haber 
sido  valencianos  sus  camaradas  en  el  ejército  durante  va- 
rios años,  como  vimos  al  principio,  y  haber  tenido  en  el 
cautiverio  grande  e  íntimo  trato  con  gentes  de  esta  tierra, 
en  la  que  no  nació  y  apenas  vivió  pero  que  le  era  tan  fa- 
miliar, tanto  admiraba,  y  en  donde  tan  estimado  era,  que 
merecía  el  haber  sido  su  patria. 

Terciarios  Franciscanos  de  Valencia,  bien  merecéis  de 
ésta,  pues  abandonando  vuestro  modesto  retiro  habéis 
festejado  al  pobre  hermano  Miguel  de  Cervantes  Saavedra, 
que,  como  hemos  visto,  cantó  sus  excelencias,  y  que  ha 
tres  siglos,  vestido  el  pobre  sayal  del  Patriarca  de  Asís, 
fué  sepultado  en  mísero  cementerio  olvidado  casi  de  to- 
dos, por  los  hermanos  de  la  Venerable  Orden  Tercera  de 
Madrid,  pero  que  el  tiempo  justiciero,  a  pesar  de  que  las 
cenizas  del  grande  escritor  mezcladas  entre  el  polvo  del 
Cementerio  de  las  Trinitarias  desaparecieron,  agranda 
cada  día  el  monumento  que  él  mismo  con  su  pluma  se 
supo  levantar  y  que  no  perecerá,  al  revés  de   los   mauso- 


48 

leos  de  mármoles  y  jaspes  en  donde  tal  vez  al  propio 
tiempo  serian  sepultados  magníficos  proceres  nacidos  en 
rica  cámara  y  mecidos  en  dorada  cuna,  cuyo  nombre  ya 
nadie  recuerda,  perdido  en  la  nada  tan  pronto  los  ecos 
del  boato  de  su  vida  y  del  espléndido  cortejo  fúnebre  se 
extinguieron  en  el  espacio. 

He  dicho. 


Reimprimióse  el  discurso  San  Francisco,   Cervantes 
Valencia,  en  el  establecimiento  tipográfico  de 
LOS  Sres.  Hijos  de  F.  Vives  Mora,  calle  de 
Hernán  Cortés,  núm.  8  y  se  terminó  el 

SÁBADO  DÍA   28   de  JüNIO,  VÍSPERA  DEL 

doscientos    once    ANIVERSARIO    DE 

LA    ABOLICIÓN    DE    LOS   FüEROS 

DEL  Reino  de  Valencia 
POR    Felipe    el   In- 
cendiario . 

L.   ^   D. 


OBRAS  DEL  AUTOR 

Homenage  al  Compte  de  Lumiares.  Obra  de  térra  saguntina 
(barro  saguntino).  Agotada. 

Coses  de  la  meua  térra  (La  Marina).  Primera  tanda. 

Discurs  en  Tacte  lliterari-musical  celebrat  el  día  XIX  de 
Febrer  del  any  MCMXIV  en  la  Academia  Valencianista. 

El  descubrimiento  de  América  y  las  joyas  de  la  Reina 
doña  Isabel. 

Martín  Juan  de  Galba;  coautor  de  Tirant  lo  Blanch. 

Melchor  Valenciano  de  Mendiolaza,  jurado  de  Valencia, 
procurador  de  Miguel  de  Cervantes  Saavedra,  Barto- 
lomé y  Lupercio  Leonardo  de  Argensola,  y  general  de 
la  Duquesa  de  Villa-Hermosa.  Notas  biográficas. 

EN  CURSO  DE  IMPRESIÓN 

Algo  de  bibliografía  valenciano-vicentista. 

Obra  de  tierra  barnizada  de  Manises.  Su  origen  e  historia 
hasta  nuestros  días. 

EN  PREPARACIÓN 

Coses  de  la  meua  térra  (La  Marina).  Segona  tanda. 

Bibliografía  de  libros  de  caballerías  de  autores  valen- 
cianos e  impresos  en  Valencia. 

El  Caballero  valenciano  Luis  Santangel,  Escribano  de 
Ración  del  Rey  Católico. 

Grabadores  valencianos  que  han  ilustrado  las  obras  de 
Cervantes. 

BIBLIOTECA  CERVANTINA  DE  AUTORES 
VALENCIANOS 

El  Curioso  impertinente.  Comedia  en  tres  jornadas  y  en  verso 
de  D.  Guillen  de  Castro. 

Falla  del  Tros- Alt:  Don  Quijote  y  Sancho  Panza. 

La  última  aventura  de  Don  Quijote.  Falla  de  la  calle  de 
Ruzafa. 

Juan  Antonio  Mayans  y  Sisear  y  Juan  Antonio  Pellicer 
y  Saforcada;  Cartas  Cervantinas. 

EN  PREPARACIÓN 

La  Fuerza  déla  sangre.  Comedia  de  D.  Guillen  de  Castro. 


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